ESCUCHAR LAS VOCES DE ÁFRICA

El verano parece más propicio para que los inmigrantes africanos intenten atravesar el Mediterráneo en busca de una tierra que les permita tener una vida digna. La mayoría proceden de los países subsaharianos -se conoce como África negra- que durante siglos fueron una extensa colonia de las potencias europeas y, en cierto modo, sigue siéndolo. Es imposible saber cuántos mueren en el intento porque muchos desaparecen engullidos por el mar, pero son miles. Sin ir más lejos, hace unos días en el enésimo naufragio frente a la costa libia, murieron al menos ciento cincuenta. La organización holandesa Uniteddesde 1993, publica los nombres de las personas identificadas que ya suman 33.293 y que nunca pudieron enviar un mensaje a sus familiares relatando su viaje y llegada a Europa.

Con esas vidas truncadas se perdieron infinitas historias increíbles sobre amor, amistad, supervivencia, vida y muerte, que podrían ser contadas en múltiples lenguas ancestrales. Parafraseando a la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, relatos de pasiones y rencores, de superstición y corrupción, pero también de quimeras y resistencia política de muchas personas desposeídas, violentadas, pero también solidarias, resistentes y luchadoras. Hace unos días pudimos ver como un numeroso grupo de inmigrantes indocumentados franceses, adoptando el término gilets noir (chalecos negros) y emulando  a ls gilets jaunes, ocuparon el edificio del Panteón (uno de los grandes mausoleo que París dedica a sus héroes y famosos) para denunciar las injusticias que padecen. En España el Sindicato de Lateros y Manteros ha protagonizado numerosos actos públicos para reclamar la despenalización de la venta ambulante o el acceso a la sanidad y el cierre de los Centros de Internamiento o para luchar contra las devoluciones en caliente, la violencia policial en la frontera y las deportaciones express o contra los controles de identidad racista que, lamentablemente, son cada vez más habituales.

En definitiva -dice Ngozi- narraciones que nos podrían describir mucho mejor la compleja realidad africana en oposición a la maldición de “la historia única y simplificadora”. Siempre las ha habido, pero por fortuna cada vez nos llegan más voces africanas que nos dan a conocer sus historias, demasiadas veces silenciadas o intencionadamente tergiversadas. Para poder eliminar las múltiples fronteras exteriores e interiores que nos separan, no hay nada mejor que respetarlas, escucharlas y contribuir a que se expandan.

En uno de los capítulos de la novela Medio sol amarillo, de la mencionada Ngozi Adichie, que se desarrolla en la década de los sesenta del siglo pasado durante la guerra de la independencia de Biafra, el profesor universitario Odenigbo, uno de los personajes principales, mientras enseña un mapa del mundo a Ugwu, su joven criado y pupilo, le dice: “[…] este es nuestro mundo,aunque las personas que trazaron el mapa decidieran situar su tierra por encima de la nuestra. Ya ves que aquí no hay parte superior ni inferior. El mundo es redondo, no tiene final. Todo esto es agua, los mares y los océanos, aquí está Europa y este es nuestro continente, África, y el Congo está en el centro. Más arriba se encuentra Nigeria y aquí, Nsukka, en el sudeste. Aquí es donde estamos nosotros”; y continúa “[…] aunque hay dos respuestas posibles a las cosas que te enseñarán sobre nuestro país: la verdadera y la que tienes que saber para aprobar. Debes leer y aprender ambas. Yo te proporcionaré libros, unos libros excelentes. Te enseñarán que un hombre blanco llamado Mungo Park descubrió el río Níger, pero no es más que un disparate. Nuestra gente pescaba en el Níger mucho antes de que naciera el abuelo de Mungo Park. Pero en el examen pon que fue él”.

Este fragmento podría ser un resumen perfecto de lo que el filósofo congoleño Valentin Yves Mudimbe, en su libro The invention of Africacitado por Felwine Sarr en Afrotopía, denomina “la biblioteca colonial”, es decir, el conjunto de textos escritos sobre el continente por exploradores, antropólogos, etnólogos, sobre todo, europeos, que contribuyeron fuertemente a construir una visión y unos imaginarios determinados asociados a una África exótica, salvaje e inescrutable o, con el fin de debilitar sus múltiples particularidades, intencionadamente uniforme.

Desde el siglo XV, esos relatos son la punta de lanza de un largo proceso de colonización que incide en todos los procesos de subjetivación cultural, y cuyo principal objetivo es apropiarse del continente para integrar sus economías locales en una perspectiva occidental, global y capitalista. Desgraciadamente -como señala Sarr – esta empresa colonial, que se construye a través del prisma de la superioridad cultural y del prejuicio racista, continúa estructurando fuertemente la realidad de las percepciones africanas y es un elemento que perpetúa la dominación, la dependencia endémica y la injusticia epistémica del continente. Este académico, economista y músico senegalés, que hace unos meses estuvo en Grigri Pixel de Media Lab Prado en diálogo con Marina Garcés piensa que “para ser fecunda, una reflexión sobre el continente africano lleva consigo la exigencia de una soberanía intelectual absoluta. Se trata de lograr pensar esta África en movimiento, más allá de los conceptos epistémicos dominante de la época que proceden fundamentalmente del sueño moderno que Occidente exportó al mundo a partir del siglo XV, gracias al avance tecnológico; a cañonazo limpio cuando fue necesario. Estos conceptos han fracasado a la hora de dar cuenta de las dinámicas que están en curso en el continente africano, de pensar en las mutaciones profundas que se operan en él, por estar demasiado ligados a una cosmología occidental que condiciona su lectura de lo real y que han impregnado los imaginarios colectivos africanos de su versión del progreso humano. Es de ese trono del que habrá que destronarlo, para dejar lugar a otros posibles”.

Se trata de “cuestionar la universalidad del saber social producido a partir de las sociedades occidentales para así restaurar la fecundidad de las ciencias humanas y sociales africanas. Esta apropiación del discurso sobre sí mismo (Wole Soyinca, el primer autor africano que recibe el Premio Nobel de Literatura, habla de la comprensión del sí mismo por uno mismo) exige ser critico tanto con el saber de Occidente sobre África como con los discursos que los africanos mantienen sobre su historia y su cultura, en la medida en que encuentran sus justificaciones en el mismo aparato teórico de Occidente que ha encerrado a África en la barbarie, el primitivismo, el salvajismo, la oralidad, el paganismo. Por tanto, integrar la complejidad de las formaciones sociales africanas, ya no como calcos occidentales, sino en sus especificidades culturales e históricas”.

En un sentido parecido se expresa la escritora senegalesa Ken Bugul (Marietou MbayeBiléoma) en su novela de tintes autobiográficos, El baobab loco: “aquel incipiente movimiento negro nacido en aquellos años -se refiere los años setenta- tampoco me convencía. Reflejaba el estereotipo del movimiento occidental. Era otra forma de alienación, todo eso había sido fomentado por el blanco para camuflar mejor sus estragos y desviar al negro del auténtico despertar a una conciencia desde que los oráculos habían hallado la idea de Negritud, que el blanco ahogó desde su embrión con sus aplausos. No lográbamos encontrar una formula propia para liberarnos. Seguíamos el mismo procedimiento que Europa, cuando no habíamos vivido las mismas realidades. No habíamos vivido el mismo proceso histórico, cultural, social, emocional”.

En Políticas de la enemistad Achile Mbembe, el filósofo camerunés autor también de Crítica de la razón negra, se pregunta: “¿Es posible otra política del mundo que no descanse ya necesariamente en la diferencia o la alteridad, sino en cierta idea de lo semejante y de lo común? ¿No estamos condenados a vivir expuestos unos a otros, a veces en el mismo espacio?”. “Los negros –dice- son herederos de la historia del mundo por la misma razón que el resto del género humano. Porque el movimiento y la movilidad constituyeron factores estructurantes de su experiencia histórica, hoy están diseminados en la superficie de la Tierra. Por eso, no hay pasado del mundo (o de una región del mundo) que no deba responder al mismo tiempo del pasado de los negros, así como no hay pasado de los negros que no deba dar cuenta de la historia del nuevo mundo que ellos contribuyeron a modelar”.

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