APRENDER DEL FEMINISMO RADICAL

Algunos personajes públicos, en apariencia progresistas y políticamente correctos – Javier Marías se ha convertido en el ejemplo local más comentado- no tienen reparo en proclamarse feministas de toda la vida para, unos minutos después, declararse contrarios a algunas prácticas militantes que ellos mismos se atreven a denominar, sin matices, extremistas y radicales. A mí me pasa todo lo contrario, me da mucho pudor hacerlo, pero no tengo ninguna duda en afirmar que es, precisamente, ese radicalismo feminista – el que va a las raíces de las causas- el que más y mejor me ha enseñado a pensarme de otra manera y, en consecuencia, ayudado a modificar actitudes y comportamientos en mi vida cotidiana, que en ningún caso se podría tachar de extremista. Tampoco titubeo al reconocer que me queda bastante que aprender.

 

Algo similar le debe pasar a la liberal Catherine Millet –al parecer también feminista-, principal promotora del manifiesto publicado en París hace unas semanas contra el movimiento #MeToo, la popular campaña internacional contra el acoso sexual a las mujeres. Esta escritora y crítica de arte encabeza una lista de más de cien mujeres francesas que tachan de puritanos y radicales los contenidos de la mencionada iniciativa internacional (aquí algunas conocidas lideresas se oponen abiertamente a la huelga, afirmando a la vez  que también están por la igualdad, incluso algunas, paradójicamente, se atreven a declararse feministas, matizan siempre que a su manera).

Mientras la polémica sobre ese debate ocupaba una parte importante de la atención mediática, otras informaciones relacionadas con las auténticas razones de fondo enarboladas por las denominadas, de forma despectiva, “feministas radicales” pasaban bastante desapercibidas. Esos mismos días nos enteramos de la enésima violación contra una niña, en este caso discapacitada, perpetrada por otra “manada” de hombres en un autobús de Marruecos. Poco después en Bobadilla (Málaga) se investigaba otra agresión sexual de un grupo de militares contra una compañera, y en Aranda de Duero (Burgos) la de varios jugadores de fútbol contra una menor.

Estas noticias forman parte de una cadena interminable e inadmisible de hechos que dan cuenta de una realidad internacional incontestable, demasiadas veces silenciada o, cuanto menos, atemperada por la corrección política: el aumento incesante de la violencia contra las mujeres, homosexuales y transexuales, que en todas sus formas, las más brutales y las más sutiles -micromachismos-, casi siempre está perpetrada por varones. No hace falta alejarse de París, desde donde se piensa el manifiesto contra #MeToo, para comprobar como muchas habitantes de los barrios y estratos sociales más marginales de esa misma ciudad viven excluidas del espacio público, subyugadas por diferentes formas de opresión heteropatriarcales y de clase.

La “libertad de importunar”, sin ningún tipo de matiz entre seducción, provocación y acoso, defendida por ese grupo de mujeres, encabezadas por Millet, contrasta trágicamente con la ausencia de derechos de la niña magrebí o de otras tantas mujeres del mundo, para las que la libertad de elección brilla por su ausencia, porque, parafraseando a Gayatry Ch. Spivak, el miedo y la condición de sujetos subalternos determinan su existencia para toda la vida. Por ejemplo en la India, lugar de origen de esta brillante pensadora poscolonial y autora del célebre ¿Pueden hablar los subalternos?, el propio gobierno afirma que, respecto a lo que sería la tendencia natural de los nacimientos, en este país faltarían 63 millones de mujeres; una desproporción motivada por los abortos selectivos, la desaparición de hasta medio millón de fetos femeninos recién nacidos o por la muerte prematura de otros tantos miles, causada por la discriminación de las hijas frente a los hijos en los tratamientos médicos y nutritivos.

La violencia estructural contra las mujeres no solo se circunscribe a los actos homicidas explícitos, sino que se extiende a situaciones más complejas que incluyen la trama social, política, cultural, institucional y económica que la propicia, la encubre y permite que no se desplieguen, de forma mucho más eficaz, los mecanismos institucionales para que no quede impune. Marcela Lagarde, referente del feminismo en Latinoamérica y fundadora de la Red de Investigadoras por la Vida y la Libertad de las Mujeres, a raíz de las indagaciones y acciones contra los asesinatos continuados en Ciudad Juárez (México), comenzó a utilizar el término “feminicidio” para nombrar el acto de matar a una mujer por el simple hecho de su pertenencia al sexo femenino; a la vez, intentó dar a este concepto un significado político para denunciar la inactividad de las instituciones internacionales y de los Estados en la lucha eficaz, contundente, seria e inflexible contra estos brutales crímenes y sus autores.

Angela Davis, Nancy Fraser y Linda Alcoff

Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya y Rosa Clemente

Zillah Eisenstein, Barbara Smith y Keeanga-Yamahtta Taylor

Frente al carácter eurocentrista y liberal del manifiesto francés, otros que han surgido en apoyo a la huelga de mujeres del 8 de marzo, como el promovido por Angela Davis, Nancy Fraser, Linda Alcoff, Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya, Rosa Clemente, Zillah Eisenstein, Barbara Smith y Keeanga-Yamahtta Taylor, se inscriben en la tradición internacionalista, anticapitalista y antipatriarcal y afirman que, para entender y avanzar en la lucha por la liberación de la mujer y de todas las voces subalternas, es necesario comprender la manera en que funciona el capitalismo y desmontar su hegemonía cultural. Ya sea en el trabajo o en la casa, en las calles o en el campo, en las cárceles o en los centros de detención para migrantes -concluye la proclama encabezada por la activista Davis- la violencia machista, con su particular impacto racista, sigue acechando y amenazando la vida cotidiana de las mujeres.

No todos los hombres somos por naturaleza violentos, claro está, pero tendremos que reconocer, de una vez por todas, sin tapujos demagógicos, excusas eruditas, correctos eufemismos políticos, ni subterfugios intelectuales, que durante muchos siglos hemos sido -seguimos siéndolo- dueños, señores y ejecutores de un sistema fundamentalmente patriarcal. Como dice Rita Segato, en Las estructuras elementales de la violencia, aún persiste, a través de numerosas capas de poder, una “violencia estructural” contra las mujeres y, en cierto modo, también contra nosotros mismos, en la medida que nos impide librarnos de nuestra masculinidad dominante y empezar a construir, de la mano del feminismo, otras subjetividades. Por muy lamentable que sea, todavía estamos a años luz de que las cosas cambien, a pesar de que las promotoras del manifiesto francés piensen que no es así.

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