TERROR(ES) CONTRA LA INFANCIA

Hace unos días, el terrorismo islamista acaba de perpetrar su último ataque mortal en Europa. La tragedia del Manchester Arena en Inglaterra ha añadido otro fatal capítulo a su irracional deriva. En este caso, el suicida que se inmoló matando a 22 personas y dejando a decenas de heridos, Salman Abedi, apenas tenía veinte años. Hizo estallar su odio precisamente en un evento donde sabía que se concentrarían miles de niños, adolescentes y jóvenes como él. Con esta enésima vuelta de tuerca los criminales también pretendían ampliar el espectro indiscriminado de muertes que el Estado islámico quiere imponer en el mundo. Cuantas más medidas preventivas aplica la política antiterrorista, más perversión logística se despliega para demostrarnos que no cejarán en su empeño por extender el terror.

De nuevo, en una trágica y preocupante repetición, los europeos hemos llorado a las víctimas, pero en este caso las lágrimas se derramaron especialmente por el dolor infringido a las niñas y jóvenes, siempre inocentes, que en muchos casos iban acompañadas por sus madres, padres o cuidadores, por su condición de seres dependientes. Esta vez, de forma premeditada, la animadversión hacia los valores occidentales ataca al eslabón más débil de la sociedad para que no pensemos que alguien puede sentirse a salvo.

Esta paradójica Europa, que proclama a los cuatro vientos sus principios democráticos y la defensa de los derechos humanos, se protege de sus “enemigos” amurallándose y combate el terrorismo aplicando políticas internacionales que se orientan en sentido opuesto a la retórica bienpensante: una contracción identitaria local, al lado de una desdemocratización planetaria y un pomposo nacional-proteccionismo económico reaccionario que no impide, ni evita su reverso globalizador más depredador.

Imágenes de Antoni Muntadas “Palabras”

También alguno de los diez niños que ese mismo día murieron en el mar Mediterráneo –de los que nadie se acuerda- iría protegido por sus progenitores. Desde que en Septiembre del 2015 el pequeño Aylan Kurdi, de tres años y su hermano Galip, de cinco, murieran en las costas de Turquía, han fallecido 423 menores, tratando de ponerse a salvo para poder tener una vida digna. Nadie recuerda sus nombres, ni se derraman lágrimas por su pérdida.

UNICEF constata que estos años 28 millones de niñas y niños de todo el mundo han sido víctimas de desplazamientos forzosos. Refugiadas y migrantes huyen de la guerra, la violencia y la pobreza extrema en países como Siria, Afganistán, Nigeria, Irak o Eritrea. Han dejado atrás hogares, familia, amigos, escuela, todo lo que tenían, para jugarse la vida en un tránsito lleno de amenazas. Miles de ellos llegan a Europa y acaban viviendo en condiciones inaceptables, sin acceso a los recursos básicos y con la permanente amenaza de la violencia y los abusos indiscriminados.

Según un informe del Consortium for Street Children, más de cien millones viven abandonados en las calles de todo el mundo, absolutamente desprotegidos y expuestos a todo tipo de riesgos (el hígado de un niño puede adquirirse en el mercado negro por unos 30.000 euros). Muchos son empujados a una vida de prostitución, drogadicción y delincuencia u obligados a convertirse en sicarios, guerreros o asesinos tempranos. Ahora mismo, habrá unos 600 millones de niños en todo el mundo sumidos en la miseria. Uno de cada doce morirá antes de haber cumplido los doce años. La mayoría de hambre o de enfermedades. El nivel de mortalidad infantil prematura, suicidios o crímenes es cada vez más elevado y no parece que las medidas paliativas de las organizaciones internacionales estén surtiendo efecto en la erradicación de esta lacra.

La infancia es, por tanto, el sujeto político más débil de una cadena mucho más extensa de la global discriminación de clase a la que están siendo sometidos los desheredados de la tierra. El filósofo y politólogo Santiago Alba-Rico en un breve texto titulado “Retrocesos, repeticiones, restas”, publicado recientemente en El gran retroceso. Debate internacional sobre el reto urgente de reconducir el rumbo de la democracia, afirma que se está imponiendo la amenaza ideológica de una mayoría social privilegiada, cristalizada en torno a propuestas de selección y jerarquización ciudadana de orden xenófobo y neofascista, que reivindica y legitima la necesidad de reducir el disfrute de los derechos civiles y económicos a una parte exclusiva de la población mundial. En el mismo sentido, Bruno Latour, filósofo, sociólogo y antropólogo francés, en su texto “La Europa refugio” subraya que esa mayoría ha decidido que no habrá vida futura para todo el mundo y que es necesario deshacerse rápidamente del lastre de la solidaridad.

Parafraseando al filósofo y politólogo camerunés Achille Mbembe, en su libro Necropolítica, nos encontramos ante formas únicas y nuevas de existencia social en las que numerosas poblaciones se ven sometidas a condiciones extremas de pobreza que les confiere el estatuto de muertos-vivientes. De esta manera, la expresión última de la tan cacareada soberanía europea reside, principalmente, en el poder y la capacidad de decidir quién puede o no vivir y, por tanto, quien debe morir. Este control sobre la vida de los seres humanos, nuestras hermanos de especie, presupone la división en diferentes grupos y, por tanto, el establecimiento de una segregación biológica entre unos y otros. La seguridad que protege la Europa del bienestar y refuerza nuestra acomodada sociedad se basa, por tanto, en la percepción de la existencia del Otro como un atentado a nuestra propia vida, como una amenaza mortal o un peligro absoluto que justificaría la eliminación física de todas esa personas inocentes. Es decir, racismo en estado puro.

La filósofa Marina Garcés se atreve a afirmar que el siglo XXI es el tiempo de nuestra muerte histórica: muerte masiva, muerte administrada, muerte tóxica, muerta atómica, ya no como excepción sino como normalidad. Es la muerte provocada de millones de personas, con la cual muere también el futuro de la humanidad. Se pregunta: “¿por qué si estamos vivos, aceptamos este escenario?, ¿cuál es la raíz de nuestra impotencia acrítica y obediente que nos convierte en agentes corresponsables de nuestro propio final? Aunque no sepamos nada –continua- podríamos reconocer nuestros límites: los límites de la dignidad, los límites de lo intolerable, aquellos límites que podemos discernir y por tanto señalar. Todos nosotros podemos asumir la capacidad crítica de extraer consecuencia éticas, estéticas y políticas para engendrar nuevos valores, empezar a trabajar, luchar y comprometernos con esos límites inadmisibles; hacer visible lo intolerable para poder tomar posición”

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