REDES SOCIALES Y TECNOLOGÍAS DEL PROCOMÚN

La información, el conocimiento y la cultura son cruciales para la libertad de las personas y el desarrollo humano. A lo largo de la historia los avances tecnológicos relacionados con la comunicación – la aparición de la imprenta, la electricidad, la telefonía, la radio etc. – y el modo de producción o los modelos de propiedad de los que dependen han sido fundamentales para entender el mundo actual y también para determinar cómo podría ser el venidero.

Aunque parezca mentira ya han pasado más de cuarenta años desde la aparición de Internet. A lo largo de estas últimas décadas, la popularización de esta sofisticada red informática mundial, descentralizada, formada por la conexión directa entre computadoras mediante un protocolo especial de comunicación, ha supuesto una transformación radical de todos nuestros sistemas de información y, en consecuencia, de las relaciones socioculturales y económicas que se generan entre las personas, instituciones, empresas y sociedad civil de todo el mundo.

Como es bien sabido Internet consta de un conjunto de protocolos abiertos que permiten interconectar redes sin límite alguno, de forma libre y para cualquier propósito. Su funcionamiento le confiere una naturaleza muy especial ya que su crecimiento exponencial supone una proliferación inusitada de bienes y recursos comunes que podemos compartir sin límites temporales, ni espaciales. En un sentido amplio, Internet no está inexorablemente determinado por su propia tecnología, sino por la posibilidad de que la sociedad pueda optar por diferentes modelos para su desarrollo.

He ahí la cuestión central del debate en torno al futuro de Internet. Según Robert W. McChesney , autor de Desconexión Digital. Cómo el capitalismo está poniendo a Internet en contra de la democracia, la promesa formidable de la revolución digital ha quedado en entredicho a causa del proceso de acumulación monopolística al que está siendo sometido. Para este autor, si se deja que siga su curso el actual modelo, fundamentalmente impulsado por las necesidades del capital y opuesto en gran medida a su potencial democrático, las tecnologías digitales pueden acabar aplicándose de manera extraordinariamente perjudiciales para la libertad y la vida en común.

En cierto modo, si no fuera por las diferentes brechas digitales –disímil desarrollo de infraestructuras, desigualdades culturales y de género, pobreza, analfabetismo digital, etc.- y los cercamientos a los que se ve sometido – privatización, mercantilización, normativización, controles de seguridad, censura, patentes, propiedad intelectual…-, Internet podría considerarse el paradigma económico actual más representativo del denominado “procomún”.

PROCOMUN1

Este antiguo concepto jurídico-filosófico, que hacía alusión a los bienes comunales o de dominio público, volvió a coger vigencia y repercusión pública hace unas décadas, gracias al software libre, al movimiento open source –economía de código abierto- o a las teorías de la estadounidense Elinor Ostrom, premio Nobel de Economía del año 2009 por su análisis de la gobernanza económica, especialmente de los recursos compartidos.

Lo que hace posible este procomún tecnológico es un entorno en el cual las personas, individualmente o en comunidades, pueden producir información, cultura y saberes -con mucho mayor alcance y eficacia que nunca hasta ahora- en su propio interés y sin necesidad de que intervengan aparatos coercitivos, ni de los Estados ni de ningún otro grupo de presión, generalmente relacionados con intereses de mercado y, en muchas ocasiones, demasiado vinculados a las instituciones públicas.

Según Yochai Benkler, autor de La riqueza de las redes. Como la producción social transforma los mercados y la libertad, este nuevo modelo de relaciones interpersonales y comunitarias podría representar, por tanto, la transformación de la economía imperante –individualista y egoísta- en otra más colaborativa, en la que la sociedad civil tuviera más herramientas para su autogestión, sin imposiciones del Estado o del mercado, demasiadas veces- capitalismo de estado- interesados cómplices. En definitiva, según este prestigioso profesor de Derecho Empresarial de Harvard, permitiría la creación de una esfera pública en red que favorecería nuevas formas de acción económica y social colectivas y un nuevo equilibrio de fuerzas en la influencia sobre la agenda política internacional.

tecnologías procomún

Sin embargo, a pesar de esa potencialidad social y comunitaria, en determinados sectores del pensamiento progresista, se extiende una teoría sobre el procomún que lo identifica con cierto utopismo digital o, lo que es peor, con el liberalismo o el anarco-libertarismo tan típico de cierta cultura californiana o de los millonarios de Silicon Valley; tanto es así que, para ellos, los que elogiamos la importancia social y política de Internet estaríamos en contra de cualquier tipo de intervención del Estado y, en consecuencia, favoreceríamos las dinámicas de acumulación privada.

Por el contrario, los que defendemos el arte y la cultura como bien común y como herramientas para la transformación social, planteamos que, frente a la actual concentración de poder y beneficios de las grandes compañías, la administración pública podría desempeñar un papel muy constructivo si dejara de atender primordialmente, precisamente, a los intereses de las grandes industrias culturales del entretenimiento y las corporaciones tecnológicas, relacionadas con el mercado de las telecomunicaciones. Es decir, cambiara radicalmente la orientación de sus políticas y apoyara una reestructuración completa del entorno digital, centrándose en la activación de políticas de cercanía y apoyo al interés general.

Por ejemplo, sin ir más lejos, se trataría de gestionar el espectro electromagnético como un bien público y democratizar la apertura de las redes de cable; poner límites estrictos a la propiedad monopolística; proporcionar acceso gratuito a la banda ancha para todas las personas en todo el mundo como un derecho básico; incentivar las wiki locales inalámbricas abiertas; desarrollar el servicio de telefonía gratuita creando un sistema mundial que elimine o disminuya sus costes (¿si se ha demostrado que técnicamente es posible a muy bajo coste porque no se desarrolla?); evitar la concentración de las infraestructuras e independizar su distribución de la influencia de los grandes grupos tecnológicos; dar mayor protagonismo a iniciativas comunicativas no mercantiles a colectivos y plataformas cooperativas de expresión, frente a los grupos mediáticos concentrados o monopolísticos, detrás de cuyos intereses se encuentran grandes grupos de accionistas; activar medidas reales anti-brecha digital y de alfabetización tecnológica; establecer una educación exhaustiva sobre los medios en las escuelas, para proporcionar desde la infancia una comprensión crítica de la comunicación digital; fomentar estrategias que conduzcan a una mayor implicación ciudadana y sustancial mejora de la democracia de cercanía para que l*s ciudadanos podamos modificar nuestra relación con el conjunto de la esfera pública, empezando por las instituciones de gobierno local; proteger la neutralidad de la red; regular estrictamente la privacidad on line; crear barreras legales contra la militarización de Internet y su uso para la vigilancia no autorizada; impulsar la investigación básica para el desarrollo de herramientas de producción y distribución de saberes y conocimiento comunales; promover todo tipo de licencias que permitan neutralizar el monopolio y el sistema restrictivo del copyright y así ampliar el dominio público y el acceso a los bienes culturales.

En definitiva, poner en marcha estas y otras medidas democráticas y sociales, significaría fomentar una sustancial redistribución del poder y la riqueza, ahora, en manos de los monopolios de la telecomunicación. La cuestión central de esta batalla, por tanto, es saber si podrá existir una infraestructura básica de comunicación, redes sociales y tecnologías digitales que se gobiernen como un bien común y, en consecuencia, disponibles para cualquiera en todo momento y lugar del mundo, o seguirán administradas por estructuras privativas al servicio del mercado y en connivencia con estados cómplices.

 

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