EL ESPÍRITU DEL SIGLO XX EN ARTELEKU

Hace cuatro años por estas fechas se inundó Arteleku, el Centro de Arte y Cultura Contemporánea del barrio de Loiola de Donostia/San Sebastián; uno de estos días también se ha celebrado el Día Mundial de la Lucha contra el Sida. Coincidiendo con ambas conmemoraciones, se ha publicado El espíritu del siglo XX de Antonio Gagliano, editado en colaboración con Aimar Arriola, miembro del Equipo Re. Este grupo de investigación lleva a cabo un estudio sobre las prácticas estéticas y experiencias sociales colectivas que surgen, precisamente, alrededor de esa enfermedad causada por la extensión de la infección del VIH.

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El origen del libro se sitúa en el paisaje anegado de aquella vieja fábrica de arte, en la que sobresalía la biblioteca de un artista (Pepe Espaliú 1995-1993), y que fue sometida a una serie de desbordamientos físicos e ideológicos, incluidos el de un río próximo obstinado en inundar la memoria del lugar.

Todos éramos conscientes de que el edificio se encontraba en una zona inundable. Incluso estábamos habituados a las pequeñas crecidas que encharcaban de vez en cuando su parte más baja. Sin embargo, nadie -ni siquiera las peores previsiones técnicas- hubiera imaginado que aquel fatídico domingo de Noviembre del año 2011 las aguas desbordadas del río Urumea alcanzaran, de forma súbita, aquella altura.

Las alarmas esporádicas formaban parte de nuestra vida ordinaria; cuando ocurrían, para subsanar el accidente, siempre estaban allí Luis Carrera, José Ramón Olasagasti (conserjes, encargados de mantenimiento y trabajadores disponibles para todo lo que fuera necesario), Brigi Balbás (encargada de la limpieza y cómplice de otras muchas necesidades) y, casi siempre, algunos voluntarios habitantes del lugar. Ellos se responsabilizaban inmediatamente de subsanar los efectos y restaurar la normalidad (nunca se llegará a reconocer de verdad el trabajo eficaz, ímprobo y generoso de estas tres personas, fundamentales también en la historia de Arteleku). En aquella fatídica ocasión ninguno de los dos primeros pudo estar presente. Seguramente, aquella ausencia –una feliz jubilación y otra muerte lamentable – también hablaba a gritos del final de un modelo de gestión cultural en el que el valor personal de los trabajadores y su generosa dedicación eran motores imprescindibles para que, durante tantos años, aquella fábrica de creación y pensamiento funcionara bien.

En las últimas reformas arquitectónicas, llevadas a cabo entre el año 2000 y 2002 por el estudio BGM (Santos Barea, Miguel Garay y Fernando Mora), la biblioteca, precisamente por su condición frágil y para que definitivamente quedara protegida de cualquier inundación, se ubicó en la parte más elevada de la planta baja. Sin embargo, tras aquella inesperada, insospechada e imprevista avenida desmesurada de agua fluvial, quedó afectada totalmente hasta la tercera altura de sus estanterías, dejando otra parte significativa muy deteriorada por la humedad.

Fue un auténtico desastre; tras una serie de calamidades e infortunios personales acaecidos los últimos años, tal vez esa fue la última de las grandes desgracias ocurridas en aquel lugar, hasta que cualquier día de estos todo el edificio desaparezca arrasado por la maquinaria urbanizadora. Aquella avalancha de agua fue la definitiva confirmación de que los últimos años alguna maldición se hubiera instalado entre aquellas paredes que tanta vida, vitalidad y energía positiva habían albergado a lo largo de sus 25 años de existencia.

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Después de abandonar la dirección del centro en el año 2006, en contadas ocasiones había regresado a Arteleku. Aquella mañana, tras el siniestro, un impulso instintivo – seguramente de conservación-  me arrastró al lugar para cerciorarme personalmente de la dimensión real del acontecimiento. Allí estaban mis antiguas compañeras y compañeros de trabajo, desoladas y entristecidos. También yo, además, enmudecido y profundamente desconcertado. No podía dar crédito, pero lo inesperado, a pesar de su inexplicable sinrazón, se había hecho realidad incontestable, como cuando la naturaleza se impone a la cultura y se trasmuta en catástrofe. Nada que hacer.

Pero, en medio del paisaje anegado del que se habla en El espíritu del siglo XX, sobre las partes más perjudicadas de las librerías -unos metros más arriba- aparecía la imagen impoluta de un espacio salvado de la ruina : el altillo que se construyó especialmente para albergar la biblioteca de Pepe Espaliú. Allí seguía, como si nada hubiera ocurrido, todo el fondo personal del artista cordobés. Se revelaba como lugar desde el que proclamar la irrenunciable necesidad del arte y el papel de l*s artistas; el arte como el mejor camino para salvarnos de los avatares de la vida rutinaria o la cultura ordinaria que nos encarcela y como la potencia estética y poética que nos permite enfrentarnos a la realidad, para hacernos preguntas sobre su sentido y, quizás, transformarla.

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De repente, en tiempos de complaciente postmodernidad, donde lo sagrado parece desterrado al mundo de la banalidad, aquella biblioteca, como cierta alegoría salvadora, nos mostraba el carácter resistente y necesario del trabajo del artista. Aquella imagen, en cierto modo aislada del desastre, adquiría cierto relieve simbólico y se mostraba como una declaración de principios o, incluso, se rebelaba como una epifanía, la celebración de la extraordinaria potencia de la creación artística contra la amenaza de la naturaleza, las imposiciones de la cultura constituida y la indolencia política.

Sumergidas en el corazón de aquella escena inundada -nos dicen en El espíritu del Sigo XX– también se rescataron dos cajas personales de Espaliú abarrotadas de folios manuscritos y materiales impresos, semejantes a los “papeles de color sepia de imágenes acuáticas inquietantes y charcos de orín” convocados por Valentín Roma en el texto que escribe para la mencionada publicación. Como parte también de cierto “Mal de archivo” del que nos hablaba Jacques Derrida, que muestra también los registros de las catástrofes, las guerras y la violencia, sujetas siempre a polémicos revisionismos que nos obligan a recuperar la experiencia de la memoria.

Ahora que, desde algunas luces y sombras de aquel viejo Arteleku y su último epígono en el restaurado convento de Santa Teresa de la parte vieja donostiarra, emerge “deslumbrante” la nueva Tabakalera, siempre aparece detrás el eco confuso de su incompleto archivo, perdido una y otra vez entre el permanente incidente tecnológico – imposible de resolver por que en sí mismo es una tautología- y nuestra propia incapacidad o inoperancia, decidida e intencionalmente olvidadiza.

Como sucede cuando la historia falla –apunta Roma en su texto- siempre nos queda el amor o, al menos, cierto hormigueo erótico. Así, El espíritu del Siglo XX emerge también como un gesto sensual y cómplice con aquella memoria ausente. Presenta una selección de aquel fondo de documentos impresos naufragados que emergieron de las aguas reclamando su lugar en la intensa vida de Arteleku. La mayoría son recortes gráficos que muestran algunas imágenes que atravesaron la vida de Espaliú y que, en cierto modo, también coincidió con aquel Arteleku de fin de siglo; signos indelebles de aquellos tiempos, a veces anacronismos y otras microhistorias: Lenin, el Daily News, Truman, Marshall, Picasso, Dali, Rank Xerox, Expo 92 de Sevilla, Stan MacGovern, Esther Ferrer, Leopoldo María Panero, Genet, Blanchot, Foucault, Warhol, Joel Cohen, Tapies, Remedios Sánchez, Haring, UGT, Mimosín, Reagan, Tintin, Marx, Engels, Iberia, Egunkaria, Pedro Pacheco, El Lissitzky, Carmelo Bene, Gilles Deleuze, la Biblia, Martha Fleming, Lyne Lapointe, Bataille, Hegel, Lacan, la movida madrileña, El Greco, Freud, Egin, Art&Aids, Leos Carax, Natalia, Sex Tienda etc…

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No deja de ser paradójica la aparición ahora de esta significativa suma de hombres-nombres o artistas-genio soberbios, cuando entonces en Arteleku nos volvíamos a preguntar, una vez más, sobre los límites de la autoría, el papel del héroe artista, la obra de arte en la última época de la reproductibilidad, la emergencia y/o agotamiento del archivo, las relaciones entre arte, estética, ética y política, los fenómenos virales del último malestar social o la importancia transgenérica de la performatividad artística en los cuerpos impropios. Contradictorio también con esa aparición del Artista y su Obra, así con mayúsculas, que reclama, cual ave fénix, su lugar indiscutible en el mundo e interpelando sobre el sentido aurático y sublime de los objetos artísticos.

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Precisamente así, de la misma manera en la que tras la inundación el artista resurge sin ser convocado, es como Aimar Arriola y Antonio Galiano fiscalizan, para redimirla, la libre distribución de la galaxia impresa, aunque a su pesar ellos mismos sucumban a la tentación de la autoría. No en vano, los editores (como Dionys Mascolo, uno de los autores más violentamente esquivos frente a su propia obra –señalado también por Roma en su texto- tratan de emprender la edición como la respuesta que el autor de Un esfuerzo de memoria diera también a un amigo muerto. Después de que Mascolo hallara al azar una carta que en su momento careció de contestación, el libro con el que trata de responderle nos hablaría de cómo la autoría es, casi siempre, una suerte de lugar al que somos empujados, sin dejar ahí, en medio, cierta propiedad privada para que nos recuerden.

Así es, efectivamente, son muchas reminiscencias cercanas y algunas evocaciones más lejanas, pero entrecosidas sin nostalgias prendidas de melancolía.

En definitiva, tras este vuelta al mundo del siglo XX que nos proponen Arriola, Espaliú, Gagliano, -parafraseando a Valentín Roma- en las entrañas aparentemente muertas del archivo podemos leer el Porvenir. ¿Qué nos dice éste, que augurios trae consigo? En realidad la pregunta está mal formulada, pues lo que trae el archivo durante su destrucción no es una promesa sino un secreto, el secreto de que, por fin, ha adquirido cierto estatuto sólo reservado a aquello incompartible, porque no hay duda de que la mejor historia de Arteleku nunca se podrá escribir del todo, puesto que sus fragmentos se desparraman por multitud de biografías inconfesables.

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