MITOS NAVIDEÑOS: OLENTZERO, MARI DOMINGI Y EL FEMINISMO

Los mitos y las leyendas cumplen una función muy destacada en la estructura ideológica de una sociedad; son importantes elementos simbólicos que contribuyen a la cohesión social y producen fuertes sentimientos de pertenencia comunitaria; nos moldean como seres sociales y forman parte de un amplio acerbo cultural que contribuye a fortalecer los discursos dominantes y las estructuras de orden.

Sin embargo, por  mucho que esa construcción identitaria sea consustancial a nuestro modo de vida, el reconocimiento que otorga la tradición es siempre una forma parcial de identificación y, por tanto, como todas las normas, sus interpretaciones y adaptaciones a contextos determinados deberían ser también revisados y reinterpretados.

Las fiestas de Navidad, herederas de las paganas del solsticio de invierno, son una excelente muestra de las tradiciones ancestrales. Aunque los mecanismos globalizadores del mercado nos están imponiendo una tipología navideña muy semejante en todo el mundo, todavía quedan algunas resistencias que, contra esa uniformización, tratan de preservar ciertos imaginarios locales. Este es el caso del Olentzero, el carbonero de las montañas vascas que se representa como un hombre grueso, desharrapado, sucio, seguramente de buen comer, borrachín y bastante antisocial.

Los últimos años, la tradición reformista, además de edulcorar su imagen asilvestrada -transformándolo poco a poco en una especie de remilgado Noel autóctono- le ha buscado pareja, de la mano de cierto feminismo paritario. El carbonero y su compañera Mari Domingi podrían formar así un matrimonio feliz, a la imagen y semejanza de una familia monoparental tradicional, capaz también de tener hijos, si fuera preciso.

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Haciendo un quiebro contemporáneo a la bienintencionada voluntad de modernización que supone este emparejamiento o incluso forzando un recorte anacrónico a la historia de ambas leyendas, el transfeminismo queer reivindica que, más allá de un dualismo de género convencional, tanto el Olentzero como Mari Domingi se puedan constituir en seres autónomos capaces de vivir su sexualidad o su identidad desde cualquier posibilidad.

En un reciente artículo publicado en Argia, Oier Araolaza comentaba que no todo lo que se hace por la igualdad paritaria necesariamente es beneficioso para la radical libertad. En este sentido, si aplicáramos un baremo que no reprodujera los estereotipos binarios, decía que el Olentzero podría ser soltero, casado, separado o viudo, homosexual o heterosexual y, por qué no, trans o lesbiana. Más adelante señalaba también que, por esa misma regla, Mari Domingi no tenía que ser una fiel compañera y esposa,  ya que, en consecuencia, podría ser incluso Olentzero queer.

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En el prólogo de Transfeminismos. Epistemes fricciones y flujos, reciente recopilación de varios textos editados por Miriam Solá y Elena Urko, la filósofa Beatriz Preciado señala: “[…] los gurús de la vieja Europa colonial se refieren a ‘ideología’ como mi madre hablaba de ‘marido’. No necesitamos ninguna de las dos cosas. Las nuevas feministas no necesitamos al segundo porque no somos mujeres, de la misma forma que nos sobra la primera porque no somos un pueblo. Usamos distintos lenguajes. Cuando ellos hablan de representación, nosotras decimos experimentación. Ellos dicen identidad, nosotras multitud. Hablan de deuda y nosotras queremos cooperación sexual e interdependencia somática. Hablan de capital humano y nosotros deseamos la alianza entre especies. Nos sirven carne de caballo en nuestra mesa y nosotras apostamos por cabalgar juntos para escapar del matadero global. Hablan de poder. Queremos potencia. Desean la integración y queremos el código abierto. Hablan de dicotomías: hombre-mujer, blanco-negro, humano-animal, homosexual-heterosexual, Israel-Palestina y nosotras te hacemos ver que tu construcción de la realidad ya no sirve…¿Cuántos Galileos nos harán falta esta vez para que nosotras mismas seamos capaces de darle un nuevo nombre a las cosas?”.

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