¿ENCADENARSE? ¿A QUIÉN Y PARA QUÉ?

Espai en Blanc acaba de publicar el último número de su revista. Bajo el título de Un esfuerzo más  nos invitan a perseverar en la apertura de un nuevo mundo que está ya en este mundo, para atravesar el impasse en el que estamos y en la exigencia de un cambio radical que implica necesariamente experimentar.

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Estos días la cadena humana que ha reclamado la autodeterminación y la independencia nacional de los catalanes ha vuelto a plantear el eterno tema del encaje constitucional de las diferentes nacionalidades que componen el estado español; o, definitivamente, su desmembramiento en el marco de una Europa que pueda repensar sus mapas. Por otro lado, la reacción de determinados poderes centrales ha puesto sobre la mesa la eterna “unidad de España”. En fin, el viejo dilema que aún sigue vigente y que parece, de nuevo, plantearse como un tema central de la agenda política.

Estas manifestaciones legítimas de identidad territorial, lingüística, sociocultural, económica etc.…, desde mi punto de vista, son una muestra más de los sucesivos y complejos procesos de fragmentación y segmentación que está produciendo la crisis y, su mejor arma, el miedo.

Judith Butler dice que somos como espejos donde los otros nos hacen, ya que estamos conectados unos a otros, no sólo por ser seres racionales, sino más bien porque estamos expuestos unos a otros, necesitados de un reconocimiento. Sin embargo, apunta también, que muchas veces esos espejos en los que nos miramos se rompen, porque los otros también nos destruyen. Los demás nos crean y, a la vez, nos aniquilan, nos proporcionan la mayor felicidad, pero también la mayor tristeza y pesadumbre. Siempre hay un conflicto donde el necesario antagonismo deriva en conflicto y guerra. Ese espejo frágil, poco a poco, se está convirtiendo en un campo de batalla en el que ponemos en juego nuestra propia vida; una  vida asediada y precarizada por el capital, por aquellos que, lejos de dejarnos decidir, nos impiden, simplemente, ser.

En este sentido, hoy más que nunca, existe un corte, cada vez mayor, entre el destino personal y el colectivo. Parece que, desde hace mucho tiempo, vivimos nuestra existencia instalados en una especie de orgía onanista, en la que  no hacemos otra cosa que reivindicar nuestra irrepetible especificidad como individuos, clan, comunidad, pueblo o nación. Es como si el capital/miedo, con su mejor arma/crisis, nos hubiera encerrado en un nosotros ensimismado y excluyente, donde los otros, aquellos que no viven en “nuestra tierra” siempre son extraños, seres ajenos que no afectan a nuestra vida y que su existencia entorpece nuestra cómoda cotidianidad.

El prólogo del último Espai en Blanc nos recuerda lo que hace el discurso nacionalista tanto en su variante constitucionalista como independentista. El discurso español se reclama de un pretendido orden legal supuestamente elegido por todos, y reivindica un “mejor unidos”. El discurso independentista, por su parte, en nombre de un pueblo al que dice defender reivindica un “derecho a decidir”. Ambas posiciones se basan en la idea de una unidad de destino y su propuesta sigue siendo también la misma: el Estado. El Estado se impone como respuesta rápida y automática para clausurar un problema demasiado peligroso. Estamos frente a una realidad plenamente capitalista que nos domina sobre todo gracias a las obviedades que ella misma genera. La solución “Estado-nación” es el mejor ejemplo de obviedad que hay que desmontar para poder empezar a pensar. No se trata de sustituir un “mismo” por otro “mismo”: es decir, España por Cataluña o Cataluña por la Europa sur como una totalidad. Tampoco se trata de alimentar nuevas dicotomías organizadas sobre una falsa lógica amigo – enemigo: España contra Cataluña o, en el contexto europeo, Alemania contra los países europeos del sur. Son trampas interesadas porque desvían la atención. Las relaciones políticas de amistad y de enemistad se sitúan hoy en el marco de una reactivación de la lucha de clases en la que las clases dominantes han tomado la ofensiva. Para nosotros, está claro que los enemigos son hoy los poderes, de distinto tipo y escala territorial, que se están apropiando de la riqueza colectiva y que destruyen, con renovada violencia, los vínculos sociales y los espacios de vida común.

Así pues, esa empeño en autoafirmación, es como una enfermiza sublimación del yo y el nosotros ensimismado que suspende definitivamente la extraordinaria idea de que vivimos en un mundo común y todos   por igual, sea cual sea nuestra condición, somos merecedores de reconocimiento.

Marina Garcés en Un mundo común insiste en que el sujeto no es solo un cuerpo, no es únicamente una conciencia separada sino un nudo de significaciones vivas entrelazadas al mundo. Esta es la condición para reaprender a ver el mundo desde la excentricidad inapropiable de la vida compartida. Desde ahí, “nosotros” no es un pronombre personal, sino un sentido de lo común. Del yo al nosotros no hay una simple suma, sino una operación de coimplicación. ¿No hay alguna posibilidad de descentrar la narración en primera persona dentro de un marco global?, se pregunta otra vez  Judith Butler en su breve texto, Violencia de Estado, guerra, resistencia. Por una nueva política de la izquierda, Cualquiera que sea la libertad por la que luchamos, la autodeterminación que reclamemos, debe estar inexorablemente basada en la igualdad.

El “derecho a decidir”, tal como se plantea en este contexto, clausura jurídicamente la verdadera voluntad de decidir, es decir, de decidir cómo vivir juntos dignamente.

Añado estas tres columnas publicadas, seguidas, durante 2008 en mi columna periódica del Diario Vasco 54LAS COSTUMBRES CULTURA E IDENTIDAD , 55RACISMO Y DEMOCRACIA y 56LA EUROPA DE LOS REFUGIADOS

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