TRANSFEMINISMO CONTRA LA VIOLENCIA Y LA GUERRA

El 23 y 24 de Agosto, en el marco del proyecto Tratado de Paz de DSS2016eu y en colaboración con el Departamento de Igualdad de Diputación de Gipuzkoa, Beatriz Preciado impartió el seminario Acción y Pensamiento: Deconstruyendo la violencia machista.

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El artículo que publico mensualmente en el Diario Vasco trata sobre algunos aspectos relacionados con los contenidos que esta filósofa del transfeminismo queer desplegó en el Museo de San Telmo, a lo largo de dos días.

FEMINISMO CONTRA LA VIOLENCIA Y LA GUERRA

En el marco de Tratado de Paz, la reflexión que DSS2016 está realizando sobre las formas con las que el arte y el derecho abordan la figura de la paz y sus múltiples reversos, Beatriz Preciado ha participado estos días en el seminario “Acción y pensamiento: deconstruyendo la violencia machista”, organizado por el Departamento de Igualdad de la Diputación Foral de Gipuzkoa. Esta filósofa, profesora de la cátedra de Historia Política del Cuerpo y Teoría del Género en la Universidad de París VIII y autora de Manifiesto Contrasexual yTexto Yonqui, nos recordó que la estrecha relación del poder soberano con la construcción histórica de la identidad masculina explica, en gran medida, la tenaz persistencia de la violencia machista en las sociedades democráticas avanzadas. Dicho con otras palabras, intentó analizar cómo, a lo largo de la historia, se ha ido transformando la relación entre cuerpo, poder y verdad, porque las técnicas de producción de poder y las técnicas de producción de verdad o aparatos de verificación, subrayó, son inseparables.

Releyendo críticamente -desde la teoría feminista y transgénero- a Michel Foucault en Vigilar y castigar, Historia de la sexualidad y El orden del discurso, señaló que el poder no existe fuera de las prácticas a través de las que se ejerce; es decir, no es algo abstracto, unidireccional e inamovible, sino un conjunto de técnicas de gestión y control del cuerpo y de la subjetividad que van cambiando continuamente; estas son, según ella, fundamentalmente “tanatopolíticas”, es decir, técnicas de guerra, punitivas, de castigo, de restricción del cuerpo y, en última instancia, de muerte, porque el poder soberano y teocrático, encarnado en el rey o, en términos familiares, en el padre, estaba ligado a la facultad de decidir sobre la vida de sus súbditos o de los miembros de su familia. Hay que tener en cuenta que en la institución de la pareja, cuyo origen es pre-moderno, todavía hoy siguen operando un gran número de técnicas que tienen que ver con la dominación, la posesión y, en última instancia, con la aniquilación del otro: “la maté porque era mía”.

Desde que hace aproximadamente 8.000 años, con la aparición de la agricultura, la actividad humana se convirtiera en la primera fuerza de transformación de la tierra, el poder siempre se ha expresado como la posibilidad de dar la muerte, a través del uso de la violencia patriarcal y su manifestación más pública y política, la guerra. Frente a esas técnicas de gobierno esencialmente masculinas, ejercidas mediante la política de la guerra y gestión de la muerte, habría que emprender una revolución, dijo, que nos permitiera a tod*s una redefinición del poder, para que a partir de otros paradigmas pudiéramos inventar, promover y ejercer otras formas de gobierno que no sean a través de la violencia patriarcal y la guerra.

En este sentido, Preciado comentó que se sentía hereder* de la tradición del movimiento feminista, de las luchas de liberación antiesclavista o de los combates pacíficos de Gandhi; e insistió en que lo que más le interesaba de la revolución feminista es que se trata de una rebelión no cruenta, profundamente pacífica, en la que el cuerpo revolucionario, siempre es un cuerpo vulnerable, disfuncional. Por tanto, frente a las utopías bélicas, generalmente encarnadas en cuerpos heroicos, tremendamente viriles y militarizados, proponía otro modelo de utopía, significada y personificada por cuerpos vulnerables, discapacitados, incapaces, desviados, en definitiva cuerpos minorizados.

Estaríamos hablando de pensar el mundo como la posibilidad de recomponer el orden de las cosas en relación al uso de la violencia. Más que pensar únicamente la violencia machista, habría que llevar a cabo una auténtica revolución “terrapolítica”, decía, que neutralizara la violencia humanista que se ejerce contra el propio mundo, contra la naturaleza y todas las especies que lo habitamos. De este modo, el sí a la paz y no a la guerra no sería tan solo una elección moral, sería sobre todo una opción de vida contra la muerte, contra la capacidad destructora, insaciable y depredadora del ser humano; una utopía del cuidado mutuo, construido a partir de los fragmentos del pensamiento disidente, capacitado para escribir otras narraciones políticas destinadas a la supervivencia pacífica de las próximas generaciones.

Parafraseando a Donna Harawey, en su texto Las promesas de los monstruos: una política regeneradora para otros inapropiados/bles, tal vez ha llegado la hora de viajar por la Supervivencia de la Tierra, hacia otros paisajes físicos y mentales, transformados en Cyborgs -sujetos cambiantes- capaces de pensar y actuar más allá de la regulación binaria -masculino y femenino- y normativizadora de los cuerpos.

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