LA GUERRA COMO REPRESENTACIÓN

Representar batallas famosas o recrear acontecimientos bélicos es una tradición bastante arraigada en algunas poblaciones de Gipuzkoa. En las fiestas de Azpeitia, Donostia, Hondarribia, Irún o Tolosa las tamborradas y alardes militares suelen ser el centro de sus fiestas patronales. A estos eventos, este año  se suman todas las actividades relacionadas con el bicentenario de las guerras napoleónicas.

Casi todas estas representaciones, a pesar de su tono apolíneo, es decir, fiestas equilibradas y coherentes, se justifican desde el carácter festivo, recreativo, incluso carnavalesco, tratando de hacernos creer que son fundamentalmente dionisíacas, es decir irracionales y propensas a perder el control. Sin embargo, fuera como fuere su vocación social, es evidente que todas ellas tienen un carácter eminentemente conmemorativo y, en el subconsciente colectivo, también reivindicativo de cierto militarismo, con todo lo que conlleva.

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Ya dijo Carlos Marx, en su libro El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, que todos los grandes hechos de la historia universal aparecen dos veces: una vez como tragedia y otra vez como farsa. Y a renglón seguido añadió: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas que les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando estos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal”.

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El arte, en toda sus expresiones, desde las más académicas y elitistas hasta las más populares y festivas, ha sido la principal herramienta simbólica que ha permitido transformar esos anhelos conmemorativos en formas de expresión arraigadas en el imaginario popular. Lo ha hecho de muchas maneras pero, fundamentalmente, subrayando el carácter extraordinario de las guerras y la honorabilidad de sus venerables -supuestos- héroes; las ciudades están llenas de monumentos en su honor, innumerables calles llevan sus nombres, muchas celebraciones ensalzan sus hazañas; hay infinidad de biografías, novelas, películas, representaciones teatrales, óperas. En muchas ocasiones, el repertorio de recursos desplegados para ilustrar la historia suele ser eminentemente hagiográfico y, en demasiadas ocasiones, propagandístico, en el sentido mas amplio de la palabra, el que va desde las escuelas y gabinetes pedagógicos de instituciones culturales, hasta los medios de comunicación. En este sentido, Reinhart Koselleck, eminente historiador que ha desarrollado una amplia y reconocida teoría sobre la memoralia, los monumentos y la identidad colectiva, dijo que en el caso alemán, esta viene de las famosas cinco “pes”: los profesores, los párrocos, los políticos, los poetas y la prensa que la producen, con el objetivo de infundir seguridad o confianza comunitaria a la gente. En definitiva, lo que Max Weber denominaba como “fabricantes de mitos”. En realidad, supone una abdicación de la historia objetiva, aunque sea como imposible o como agujereamiento de la realidad, en favor de la historia subjetiva.

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En la primera sala de la exposición 1813. Asedio, incendio y reconstrucción de San Sebastián, que en la actualidad se puede contempar en el Museo San Telmo, entre varias obras que presentan diferentes modelos de abordar y narrar la historia, se encuentra una mesa con unos cuantos libros agujereados de cualquier historia universal, vendida por fascículos (podrían ser también, porqué no, los bits de la wikipedia o google). Es una pieza “performativa” de la coreógrafa Idoia Zabaleta, que ilustra muy bien algunas de las ideas con las que el comisario artístico de la muestra, Pedro G. Romero, ha trabajado para proponer a los espectadores, donostiarras y foráneos, una interpretación de los hechos a los que se alude, que vaya más allá de la complacencia y la autoafirmación. De alguna forma, intenta otorgar a la celebración otras cualidades analíticas que permitan hacer visibles las contradicciones y paradojas de los hechos conmemorados. En lugar de proponer un relato cerrado y concluido, paralizante, propone animar la crítica, en el sentido primigenio de la palabra, poner en crisis, revolver las certezas, azuzar el espíritu; mostrar una realidad, entendida no como posesión, sino como horizonte emancipador. En definitiva, activar la complejidad de los relatos para que las personas pueden tener nuevas herramientas de análisis que les permitan no cerrar el caso del hecho concreto de aquel brutal episodio vivido en 1813 y les ayuden a pensar más allá del hecho historiográfico local; qué ocurrió en aquellos momentos en toda Europa y, como sus rastros, en demasiadas ocasiones en forma de regueros de sangre inocente, han llegado a nuestros días. Es decir, también se trata de ofrecer materiales y medios para que las personas puedan pensar la actualidad, sin que nadie les inculque cualquier verdad sobrevenida que ciegue su autonomía para pensar crítica y políticamente los acontecimientos que organizan y, demasiadas veces, clausuran el mundo, dejándonos a la intemperie; una instancia de contraste y crítica contra lo que se nos impone como definitivo. Como insiste el propio comisario de la exposición, 1813. Asedio, incendio y reconstrucción de San Sebastián presenta elementos constitutivos de aquel asedio, pero también otras obras coetáneas, modernas y contemporáneas que pueden servir como pequeñas incisiones en nuestra vida actual y las muchas maneras en las que el horror de la guerra se sigue colando en nuestras casas.

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