ECONOMÍA PARA LA VIDA EN COMÚN

La globalización, última etapa del proceso de unificación del mundo bajo la economía acelerada del capitalismo, y la velocidad en la que se establecen las transacciones de ese mercado unificado han determinado nuestro modelo de vida.

Todos somos consumidores. El consumo es una necesidad vital. Sin embargo, el consumismo, como producto social construido con intereses que van más allá de las estricta condición biológica del ser, degrada esa necesidad básica del consumidor hasta transformarla en capital comercial. La consigna de que para salvar al país de la depresión hay que incentivar el consumo se ha convertido en un dogma incontestable de la economía. Todavía no está lejos cuando, después del derrumbe de las Torres Gemelas, el presidente G.W. Bush arengó a los ciudadanos con la célebre frase: “Vuelvan a salir de compras”.  De este modo, la recuperación económica se vehicula mediante el poder terapéutico que lleva implícito el acto de consumir.

Cerca y lejos o rápido y lento son, como dice el poeta y ecologista Jorge Riechmann, dos de las cuestiones más candentes de nuestra época. El asunto de la cercanía y la lejanía de donde proceden los productos que necesitamos para nuestra vida cotidiana, o la velocidad a la que llegan a nuestros proveedores, marcan las pautas principales por las que se rige la economía mundial y, en consecuencia, la doméstica.

Muchos conflictos ecológicos se explican desde la obsesión por el tiempo y la productibilidad, es decir el deseo de inmediatez y abundancia. En última instancia la aceleración de la sociedad contemporánea tiene que ver, sobre todo, con la velocidad de aceleración del capital y, su incontrolada avidez de acumulación de riqueza. Cuanto más consumimos y más rápido, mayores beneficios.

Pero deberíamos ser más conscientes de la finitud del mundo y de que, si no alteramos las reglas de juego en las que se basa la actual economía depredadora, pronto tendremos serios e irreparables problemas.

Cada vez hay más voces teóricas e iniciativas prácticas que están tratando de encontrar otras vías para el consumo sostenible y responsable. Un consumo consecuente con un mundo que nos sea común y, por tanto, con una sociedad desarrollada que actúa localmente de manera solidaria con las partes menos favorecidas del resto del planeta.

Ezio Manzini, experto italiano en diseño sostenible, propone recuperar el sentido radical de palabras como pequeño, abierto, local y conectado; describe microestructuras sociales donde las personas que viven dentro de una comunidad establecen relaciones con otras en redes internacionales que, por adhesiones interesadas, persiguen desarrollar formas sostenibles de vida. No se trata de volver a un primitivismo utópico o reivindicar regresiones autárquicas, más bien todo lo contrario.

Estas conexiones de cercanía han encontrado en las redes sociales la mejor manera de hacer visible la potencia de la colaboración internacional. Experiencias como Mecambio hay alternativas, Consumo colaborativo, Red de economía alternativa y solidaria, Mysociety, Solidaritynyc son tan solo una muestra de estas prácticas que facilitan información sobre banca ética, cooperativas de ahorro, experiencias de moneda social, servicios de energía verde, grupos de consumo responsable, huertos urbanos y agricultura ecológica, red de proveedores locales, bancos de tiempo y otras iniciativas que empiezan a conformar un mapa alternativo de la economía basada en las necesidades básicas de las personas.

El reconocido y mil veces citado sociólogo Zygmunt Bauman, en su breve texto “La salida de la crisis”, recogido en 44 cartas desde el mundo líquido, nos invita a pensar que existen otras posibilidades para profundizar en las raíces del presente problema: hacer lo contrario de aquello a los que nos han acostumbrado; invertir el modelo de organización del pensamiento, centrado en el individuo, sustituyéndolo por otro que gire en torno a la práctica ética y estética que favorezca la relación y el contexto. Y añade que los cambios en nuestra visión del mundo y la comprensión del lugar que ocupamos en la sociedad, así como la búsqueda y la elección del modo adecuado de proceder dentro de ella, no llegan de forma rápida y sencilla. Sin embargo, concluye, este cambio parece imperativo e inevitable. Es solo uno de los guiones posibles. Que la historia lo ponga o no en escena depende de lo que hagamos nostr+s, que somos los actores de la historia y, en última instancia, sus involuntarios dramaturgos.

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