PA(I)SAJE DEL RETROPROGRESO

tirado_paisaje_LOWLos últimos diecisiete años de mi vida, por los azares de la vida afectiva, viajo muy a menudo a Algeciras. Algunos lugareños, atrapados en una clásica concepción del territorio heredera de  los viejos Estados-nación, piensan que viven en el último rincón de Europa, cuando lo cierto es que la bahía de Algeciras, y todo ese espacio económico y geopolitico, ocupa el centro neurálgico de un espacio transfronterizo de incalculable valor estratégico. Más allá de las frontera nacionales y los límites de los estados, la economía neocapitalista está convirtiendo el territorio en una nueva heramienta para la acumulación. En ese sentido, la Bahía de Algeciras funciona como paradigma de cierta economia desterrotorializa que, paradójicamente, necesita estados fuertes y, si fuera necesario, autoritarios.

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Ahora tenéis la ocasión de ver en la Fundación Cristina Enea de Donostia/ San Sebastián la exposición “Gráfica Social 04” que reúne dos realidades paralelas con ciertas analogías y diferencias. Por un lado, se presenta la obra que José Luis Tirado ha realizado en torno al Superpuerto de Algeciras mediante una ópera documental electroacústica titulada “Paisaje del retroprogreso”, trabajo sobre el capital y el territorio, que por medio de citas nos muestra la espiral sin límites de la producción, el consumo y la acumulación. Por otro lado, en un ámbito más cercano, recopila material gráfico sobre el debate social del proyecto de Superpuerto de Pasaia en el que es posible explorar los efectos ambientales, sociales y paisajísticos derivados de un proyecto de gran envergadura.

Tambien aprovecho la oportunidad para adjuntar el texto “Pa(i)saje del retroprogreso” que en 2011 escribí para el catálogo de la obra de José José Luis Tirado. 

PA(i)SAJE DEL RETROPROGRESO

De economía y ecología

Expertos economistas y comentaristas políticos nos recuerdan que la actual crisis financiera tiene carácter histórico y que el modelo económico fordista de acumulación está en el origen de la deriva que padecemos. Más allá de las interpretaciones historicistas, no está de más subrayar que las contradicciones de este modelo se muestran hoy con toda crudeza y con todas sus consecuencias: crisis del sistema bancario, intervenciones del Estado progresivamente más costosas para paliar los efectos, aumento de la deuda pública y privada, riesgo de insolvencia y miedo a la quiebra, crecimiento exponencial del desempleo y de la presión social, desarraigo, pobreza, exclusión y aumento de la violencia. En este contexto, la perspectiva que dibuja la actual situación económica parece indicar que este sistema económico, cada vez más atrofiado por sus propias dinámicas especulativas, amontonará caos encima de la crisis. (1)

David Harvey, que ha enseñado Geografía y Urbanismo en Oxford y Baltimore durante más de treinta años, nos ha señalado reiteradamente que “el problema de la acumulación y reubicación de los excedentes de capital” es un elemento que juega un papel esencial en la configuración del sistema capitalista en el que vivimos. “Si se quiere ser competitivo” dice Harvey, “una parte considerable de los beneficios que se obtengan de la realización de una actividad, se tienen que reinvertir en expandir la producción”. (2) Así se garantiza la supervivencia del sistema. No debemos olvidar que este modelo económico sólo puede subsistir si mantiene un crecimiento progresivo de la producción, entrando en una especie de espiral vertiginosa de la que es prácticamente imposible salir sin medidas radicales.

Esta dinámica de acumulación/inversión/consumo/beneficio/acumulación está provocando, entre otros efectos, una gran competencia interurbana global, puesto que la prioridad de la política pasa a ser el crecimiento económico y el desarrollo de nuevas posibilidades de negocio, olvidando que existen otros objetivos sociales que tienen mucho más que ver con el bienestar general y menos con el beneficio particular. En definitiva, estamos inscritos en una carrera hacia un productivismo acelerado, basado en la creencia de que todo progreso económico produce un bienestar inmediato, cuando realmente, un crecimiento incontrolado conduce a graves desequilibrios sociales.

Desde hace años, venimos escuchando voces cualificadas del ecologismo que nos advierten, con argumentos contrastados e información verificada, de que la dinámica económica actual conduce irremediablemente al desastre.

A mediados del siglo XIX, Henry David Thoreau, pionero de la ecología y de la ética ambientalista así como de las prácticas de desobediencia civil, nos indicaba que nueve décimas partes de la sabiduría provienen de ser juicioso a tiempo. (3) Desde entonces hasta nuestros días las voces que han reclamado prudencia y moderación en las políticas de desarrollo no han dejado de aumentar. En las segundas jornadas del proyecto Sobre Capital y Territorio, organizadas por UNIA arteypensamiento, el poeta y activista político Jorge Riechman nos advertía que en un medio ambiente finito como el nuestro, un crecimiento indefinido es inviable y conduce al colapso. Porque vivimos en una sociedad en la que todo está construido como si ese crecimiento ilimitado fuera posible y además, para agravarlo, se potencia un sobreconsumo de territorio, energía, materiales y agua. (4)

El proyecto desarrollista del capital parte de la falsa creencia de que la Tierra es una especie de baúl del que pueden extraerse recursos de manera indefinida. La organización de nuestra sociedad sigue dependiendo de una racionalidad productivista/maximizadora, que parece ignorar la noción de límite. Como comentó la economista Marta Soler en su intervención en las mencionadas jornadas, estamos  embarcados en un proceso de destrucción ecológica que ha alcanzado ya tal magnitud que tan sólo se podrá frenar si se toman medidas urgentes y contundentes. Y recalcó que, por tanto, para alcanzar esos objetivos hace falta un cambio de mentalidad (de valores), que nos permita asumir -tanto a nivel individual como colectivo- que la naturaleza no está a nuestro servicio (no es de nuestra propiedad) y que hay límites biofísicos que no debemos sortear. La defensa de la autocontención y la autolimitación plantea la necesidad de dejar de ver la naturaleza como algo separado de la sociedad humana que hay que dominar y explotar, para conciliar nuestro bienestar con el bienestar de la biosfera. (5)

Félix Guattari ya nos recordó que hoy menos que nunca puede separarse la naturaleza de la cultura y también nos indicó que hay que aprender a pensar “transversalmente” las interacciones entre ecosistemas, mecanosferas y universos sociales e individuales. La verdadera respuesta a la crisis ecológica, según este autor, sólo podrá hacerse a escala planetaria y a condición de que se realice una auténtica revolución -en el sentido más pacífico de la palabra pero también en el más radical, político, social y cultural- que reoriente los objetivos de la producción y el consumo de los bienes materiales e inmateriales (6).

Sin embargo, a pesar de todas estas reflexiones de sensatez, no parecen buenos tiempos para propuestas realmente transformadoras. Las declaraciones de muchos dirigentes políticos y otros tantos cargos gubernamentales de los distintos niveles de la administración internacional y local así parecen indicarlo. Sorprende la distancia abismal que existe entre sus múltiples declaraciones de principios teóricos y las escasas actuaciones concretas que ponen en práctica en relación al cambio climático  y al equilibrio ecológico del que tanto se viene hablando los últimos tiempos. Es asombroso comprobar con que poca seriedad se toman su propia propaganda política y aún es más inaudito verificar que si alguno se lo toma realmente en serio puede ser considerado como una amenaza y clasificado automáticamente como un peligroso disidente o un trasnochado izquierdista. Las políticas de desprestigio del ecologismo político están a la orden del día. Y lo que es peor, la paulatina criminalización de sus acciones está derivando en prácticas gubernamentales antidemocráticas, profundamente autoritarias.

Ante la situación agónica en la que se encuentra la naturaleza y, en consecuencia, los ciudadanos que habitamos el mundo, parece que las fórmulas del tradicional y casi unánimemente asumido reformismo político, esencialmente medioambientalista, ya no sirvan para remediar los males que se avecinan, ni siquiera para maquillar el desolador paisaje que predicen los expertos. Por muy paradójico que parezca, cada día más, el sistema se alza como protector de las mismas catástrofes que provoca, y tan sólo justifica su inoperancia desde la retórica de la sostenibilidad que, como señala el mismo Guattari, únicamente atiende a los aspectos menos vitales del deterioro ambiental, impidiendo con esa política posibilista una imprescindible “revolución cultural y sociopolítica”.

Así pues, parece que estamos abocados a una práctica política que se paraliza frente a todo aquello que se presupone irrealizable o utópico; que en ningún momento se permite la aventura o el riesgo de promover experiencias y proyectos que posibiliten lo imposible o lo imprescindible para que los cambios necesarios sean viables. Cualquier planteamiento ético-político radicalmente comprometido se pospone en nombre de la conveniencia y la oportunidad del consenso internacional o del equilibrio económico. Nunca es el momento adecuado para abordar medidas contundentes y eficaces.

El fracaso de la reciente cumbre sobre el cambio climático de Copenhague da testimonio fidedigno de esa inoperancia. El acuerdo al que han llegado los principales líderes políticos del mundo, auspiciado por Barack Obama presidente del Estado que más responsabilidad tiene en la degradación del medio ambiente global, no es vinculante y, más allá de una declaración genérica de buenas intenciones, tampoco contiene cifras concretas para la reducción de emisiones. Los intereses económicos privados y las políticas gubernamentales cómplices son tan grandes que las soluciones radicales -absolutamente necesarias para conseguir frenar el desastre- se posponen, una y otra vez, hasta la siguiente reunión internacional. Las sucesivas cumbres del clima se han caracterizado por pactos que no incluyen obligaciones, han sido dos décadas de buenas intenciones pero de escasos compromisos. Es como si el mito de Sísifo, el símbolo de la vana lucha del hombre por alcanzar la sabiduría, se reprodujera en la esfera política internacional.

He aquí, seguramente, el quid de la cuestión. Como señala el economista José Manuel Naredo, es innegable que la naturaleza -el agua, el aire, la tierra y sus recursos- se han convertido, hoy más que nunca, en mercancía y moneda de cambio para las grandes transacciones empresariales y los intereses geoestratégicos de los Estados.(6) En este sentido, las implicaciones económicas que supone cualquier modificación en nuestros usos y costumbres, en relación a la producción y consumo de bienes, afecta de lleno al eje de flotación de las grandes corporaciones internacionales de la industria automovilística y alimentaria, de la construcción o de la energía, y a sus relaciones con los intereses de determinadas élites políticas que entienden el desarrollo como una carrera sin fin hacia el progreso incontrolado.

El filósofo Slavoj Zizek mantiene que la tesis central del Nuevo Orden Mundial es, precisamente, abortar todo movimiento que proponga cualquier iniciativa encaminada a conseguir un mundo más justo -equilibrio ecológico, democracia global basada en derechos universales, participación democrática, erradicación de la pobreza y de la exclusión social- y, en consecuencia, consiga neutralizar todo universalismo emancipatorio que se oponga a la corrección política. (8)

Es decir, se trata de privilegiar una organización social del mundo que premie a los ciudadanos sumisos a los que se les regale, a cambio de su silencio, la “promesa de felicidad”, pero eso sí en el sofá de su confortable casa. El ejercicio de la política se reduce, de este modo, a una práctica privada, circunscrita estrictamente al ritual electoral y a la representación parlamentaria, dejando de lado cualquier otra manifestación de crítica colectiva o de reformulación de los modos de participación  social ciudadana.

De lo global y lo local

El geógrafo Edward Soja nos indica que “el neoliberalismo se propaga, en su mejor acepción más publicitaria, mediante un serie de familiares eslóganes que nos pretenden convencer de la magia del mercado, la inutilidad e ineficacia del Estado intervencionista, el triunfo indiscutible del capitalismo como único sistema económico posible, y el surgimiento, por tanto, de un mundo sin regulaciones y sin fronteras. Del mismo modo, partiendo de estas simulaciones, promueve con eficacia el proceso de globalización de la producción industrial, el intercambio comercial internacional, la integración financiera mundial y el flujo de información continuo, en beneficio de una economía digital sin límites. De igual manera, y para su mayor eficacia, ubica en primer plano a una clase de empresarios y líderes políticos que operan desde lo local de forma transnacional, con el propósito de promover las condiciones que faciliten las libertades del capitalismo global: una privatización cada vez mayor de la esfera pública, la desregulación económica, la eliminación de barreras para facilitar el libre flujo de capital y los ataques al Estado del bienestar y al desarrollo de su función social, con el fin de fomentar el triunfo del individualismo emprendedor, base de la ideología liberal y fundamento del capitalismo”.(9)

No cabe duda que en este proceso imparable de deslegitimación de las prerrogativas del Estado, la globalización ha erosionado la mayoría de los poderes soberanos de los Estados-Nación, produciendo lo que Ivo D. Duchacek llamó “soberanía perforada”, o Saskia Sassen reconoce como “pérdida de exclusividad territorial” o el mismo Jürgen Habermas apunta como “crisis de legitimidad”.

Los procesos de globalización y financiación mundiales tienden a redefinir los nuevos órdenes jerárquicos internacionales y sus relaciones con lo local. La capacidad de intervención nacional está cada vez más condicionada por el surgimiento de poderes supranacionales.

El desarrollo capitalista siempre se ve obligado a negociar un precario balance entre la creación y la destrucción de su geografía específica, un camino sobre el filo de una navaja que torna más problemático en tiempos de crisis y de reestructuración. Harvey también señala que un paisaje particular, una geografía urbana específica, es creada por el capitalismo a su propia imagen y semejanza, diseñada fundamentalmente para facilitar el proceso de acumulación.

José Luis Tirado, responsable del ensayo-documental Paisaje del Retroprogreso, cuyo catálogo prologa este texto, parafraseando al geógrafo Milton Santos, nos recuerda que cada lugar es, al mismo tiempo, objeto de una razón global y de otra razón local, que conviven dialécticamente. Se trata de reflexionar, por tanto, sobre lo local pero desde una perspectiva global ya que ambos conceptos se han resignificado en la fase actual del capitalismo e interactúan en todos los procesos, tanto socioeconómicos como políticos y culturales.

El “Caso Prestige”, paradigma cercano en el tiempo, plantea todos los perfiles de esa dialéctica. El 13 de noviembre del 2002, cuando el Prestige naufragó frente a las costas gallegoportuguesas se mostró con radical contundencia la inoperancia jurídica de las fronteras nacionales para resolver problemas de emergencia internacional. El buque monegasco, que navegaba bajo bandera de Bahamas, procedente de Letonia con rumbo a Gibraltar, con tripulantes de diferentes lugares del mundo, mando griego y financiación internacional, era fiel reflejo de una sociedad empresarial transnacional, cuyo objetivo principal era producir excedente de capital de la manera más rápida y barata posible. En aquella ocasión, nos encontramos con un problema, causado por una empresa deslocalizada -típica del capitalismo globalizado-, al que se respondió con los medios de un derecho territorial local, construido sobre los pilares de una justicia derivada de las prerrogativas del Estado-Nación. Es decir, si las mareas acercaban la mancha negra a Portugal, el problema dejaba de ser de competencia gallego-español, y si lo hacían hacia el golfo de Vizcaya, se convertía en un conflicto jurisdiccional vasco-español o vasco-francés, según fuese el límite de penetración de la marea negra.

El precio de esta inoperancia puede ser muy alto. De hecho, en este caso lo fue. El desastre provocado por el vertido de petróleo causó uno de las catástrofes medioambientales más grandes de la historia de la navegación, tanto por la cantidad de contaminantes liberados como por la extensión del área afectada.

No cabe la menor duda de que hubiese ocurrido otro tanto si el accidente se hubiera producido en el Estrecho de Gibraltar. En este caso, el conflicto de las aguas jurisdiccionales hubiera implicado también a Gran Bretaña y Marruecos. El anacronismo fronterizo, en su versión más reaccionaria, elevado al paroxismo en esta zona geográfica, se convierte en una parodia trágica sobre la organización del mundo. Las contradicciones entre una globalización económica desregulada y la necesidad de un cosmopolitismo político, necesitado de instituciones internacionales legítimas, capaces de contrarrestar las inercias económicas basadas en intereses privados, nos interpelan sobre las nuevas formas de gobierno que requieren estas novedosas     configuraciones territoriales y los nuevos mapas derivados de esas cartografías emergentes.

La Bahía de Algeciras es el paso natural de más de 20 millones de toneladas de productos petrolíferos. Es habitual la presencia diaria de una decena de petroleros en la bahía, tanto por tráfico de las refinerías de CEPSA, como para trasvase de productos petrolíferos o carga de combustible (“bunkering”). Ésta es una situación de riesgo permanente de catástrofe, así como de vertidos casi continuados de hidrocarburos procedentes tanto de las actividades rutinarias como de las operaciones de deslastre.

Más allá de las discusiones sobre la desaparición del Estado-Nación y su pertinencia o inconveniencia, lo realmente importante es subrayar la necesidad de configurar formas de gobierno transnacionales que permitan combatir, desde la legitimidad que dan las instancias públicas, las dinámicas de privatización de las políticas económicas globales. Si todos los días aparecen nuevos fenómenos económicos y sociales derivados del globalismo, ¿por qué no desarrollamos con eficacia más y mejores estrategias políticas e instrumentos jurídicos de globalización que defiendan los intereses de los ciudadanos del mundo? ¿Por qué no apostamos con mayor decisión por las herramientas internacionales de que disponemos -más allá de la inoperancia de los organismos tradicionales- para enfrentarnos con plenas garantías a fenómenos locales de trascendencia universal?

Los grupos Environmental Safety Group, Ecologistas en Acción, Agaden (10) y Green Peace también nos recuerdan que el litigio entre España y Reino Unido por la jurisdicción de las aguas que rodean Gibraltar no hace más que agravar la situación, porque la falta de una política común para cuestiones medioambientales impide una reacción rápida y efectiva cuando se produce algún accidente. Los problemas ambientales no conocen fronteras, por lo tanto es necesario que se apliquen leyes y medidas a todos los proyectos que afectan al entorno de la bahía independientemente de que tengan lugar en España o en Gibraltar. En las demandas y propuestas que estos grupos ecologistas realizaron a las autoridades responsables del Foro de Diálogo Tripartito (España, Gibraltar y Reino Unido), reunido en Junio de 2009, solicitaron adoptar las medidas necesarias para paliar y controlar las altas tasas de contaminación que afectan a la zona, además de impulsar el proceso para convertir la bahía en una zona donde se pongan en práctica unas bases de desarrollo sostenible sin riesgo para su riqueza natural y la salud de las personas. Del mismo modo reclamaron un acuerdo sobre la gestión y administración de los Lugares de Importancia Comunitaria existentes en la bahía que, salvaguardando la posición jurídica de las partes en la controversia sobre las aguas, permita administrar adecuadamente los espacios marinos protegidos.(11)

En definitiva, estas preocupaciones de los movimientos sociales más sensibilizados hacia las cuestiones territoriales remiten al centro de las dificultades políticas que  entraña la gestión de zonas geográficas de alta complejidad geoestratégica. Se trata de una situación apasionante porque obliga a repensar el papel del Estado y sus relaciones con el pueblo. Es decir, a las formas de gobierno que los ciudadanos nos concedemos y a las prácticas políticas locales que no contradigan las internacionales, mucho más eficaces para combatir la deriva mercantilista de la globalización económica. Se trata de responder a los interrogantes que plantea esta nueva organización del mundo sin la inocencia perdida del rigor nacionalista, ni desde la cómoda teoría universalista que minusvalora la importancia de lo local, puesto que en este mundo donde las fronteras relativizan la necesidad del Estado-Nación, el lugar y sus formas de organización política adquieren trascendental importancia. El contexto, a partir del que se reformulan las relaciones sociales, reclama la capacidad de generar condiciones políticas que permitan el rearme de la participación ciudadana, más allá del monopolio de los partidos políticos. Otras formas de organización que permitan gestionar el territorio desde los antagonismos y contradicciones que se generan en la dialéctica local-global.

Saskia Sassen plantea fórmulas que superen los límites tradicionales para afrontar  dichas contradicciones desde “zonas analíticas fronterizas” que se configuran como espacios discontinuos dentro de un ámbito y que no estén reducidos a una línea divisoria. (12)

La educación sentimental nacional, vehiculada a través de intencionados mecanismos pedagógicos patrióticos, produce imaginarios identitarios que configuran mapas mentales predeterminados. La compleja comunidad que vive en el perímetro geográfico del Campo de Gibraltar, siempre ha pensado que habita el último rincón de una España cuyo centro geográfico está en Madrid y sus flujos económicos circulan hacia el norte, siguiendo una inercia europeísta. Javier Mohedano, que denomina a esta zona “el patio trasero del sur de Europa”, reafirma esa incapacidad de generar una conciencia ciudadana colectiva, mientras los intereses del capital contemplan la zona del Estrecho como una unidad de actuación de alto rendimiento económico. En este sentido, la desestructuración social favorece el establecimiento de todo tipo de dinámicas empresariales que someten el conjunto del territorio a sucesivas tensiones urbanísticas, energéticas y especulativas. La contestación política queda mitigada por el efecto devastador de la propaganda desarrollista. (13)

Además, la confrontación nacional contra el enemigo marroquí, el “moro” advenedizo, contribuye a territorializar, más si cabe, la experiencia identitaria en esta frontera natural con África. La compleja realidad sociológica de este extremo sur de la península ibérica, desde su polifonía de voces y diversidad cultural, reclama una nueva configuración de los mapas humanos. Las viejas lógicas de pertenencia que identifican identidad con lugar de nacimiento, raza, nacionalidad, lengua materna o pasaporte -es decir, adscripción jurídica- ya no tienen validez. El espacio social, encerrado en sí mismo, configurado en torno a grupos sociales, más o menos homogéneos, que conviven políticamente, se administran bajo fórmulas tradicionales y son capaces de organizarse militarmente para combatir el enemigo exterior en defensa de sus fronteras, se resquebraja.

Contra esa configuración de los mapas nacionales emerge, cada vez con más fuerza, una nueva cartografía fronteriza, sin límites ensimismados, que nos obliga a negociar nuestra pertenencia con más generosidad y con otros dispositivos políticos de representación.

Ulrich Beck habla de un espacio convivencial de la interdependencia que sea a la vez un lugar de responsabilidad y de acción común que, de manera parecida al espacio natural nacional, pero superando sus anacronismos, pueda fundar el quehacer político entre extraños. (14)

Giorgio Agamben afirma que, en el proceso paulatino de corrosión general de las categorías jurídico-políticas tradicionales, “el refugiado” es quizás la única que nos permite entrever las formas y los límites de la comunidad política por venir. (15)

Si el refugiado representa un elemento tan inquietante es, sobre todo, porque rompe la identidad entre persona y ciudadano, entre origen y nacionalidad; pone en crisis la ficción originaria de soberanía. Una de las grandes novedades de nuestro tiempo es que cada vez son más las partes de humanidad que ya no se sienten representadas por un modelo de Estado que pone en cuestión la pertinencia de estos nuevos sujetos de derecho.

Hanna Arendt habló de los “apátridas”, que adoptan el estatuto de los “proscritos” medievales en el mundo moderno. (16) Pero como nos recuerda el mismo U. Beck lo que ella no pudo prever es que el capitalismo y la jerarquía global de la división del trabajo entre países ricos y pobres iba a restaurar un “mercado de trabajo de los desterrados” (la ilegalidad como explotación), incluso dentro de los Estados de derecho occidentales, y a institucionalizar este mercado por encima de las fronteras nacionales. (17)

Agamben insiste en que hay que considerar al refugiado como un concepto-límite que pone en crisis radical la Europa de las naciones. Y añade, con preocupación, que si se quiere impedir que se reabran los campos de exterminio (lo que ya está empezando a suceder), es necesario que los Estados-nación encuentren el coraje de poner en tela de juicio el propio principio de inscripción del nacimiento y la trinidad Estado-nación-territorio en que se fundan.

No es fácil, por el momento, establecer las modalidades en que todo esto podría llevarse a efecto concretamente, pero apunta que podríamos considerar Europa como un espacio extraterritorial o aterritorial, en el que todos los residentes estarían en situación de éxodo o tendrían la condición de refugiados. Se establecería así una separación irreductible entre el nacimiento y la nación, y el viejo concepto de pueblo podría volver a encontrar un sentido político, contraponiéndose decididamente al de nación. Este espacio, por supuesto, no coincidiría con ningún territorio homogéneo, ni con su suma topográfica, sino que actuaría sobre todos ellos, horadándolos y articulándolos como en una botella de Leyden -dispositivo que permite almacenar cargas eléctricas comportándose como un condensador o capacitador- o una cinta de Moebius, donde interior y exterior se hacen indeterminados.

En esta nueva organización del territorio europeo las ciudades, al entrar en unas relaciones de extraterritorialidad recíproca, volverían a encontrar su antigua vocación de ciudades del mundo y se convertirían en el elemento geográfico estructural que darían sentido al nuevo mapa.

NOTAS

1.- Neil Smith, Observatorio Metropolitano, Raquel Rolnik, Andrews Ross, Mike Davis: Después del neoliberalismo: ciudades y caos sistémico, Ed. MACBA, Barcelona, 2009.

2.- David Harvey: Espacios de esperanza, Ed. Akal, Madrid, 2003 y Espacios del capital. Hacia una geografía crítica, Ed. Akal, Madrid, 2007.

3.Henry David Thoreau: Walden, Ed. Cátedra, Madrid, 2005.

4.- Jorge Riechman: Elementos para una teoría de la racionalidad ecológica. http:// ayp.unia.es, Sevilla, 2009.

5.- Ibíd.

6.- Felix Guattari: Las tres ecologías, Ed. Pre-textos, Valencia, 1996.

7.- José Manuel Naredo y Federico Aguilera: Economía, poder y megaproyectos, Ed. Fundación César Manrique, Lanzarote, 2009.

8.- Slavoj Zizek, Judith Butler, Ernesto Laclau: Contingencia, hegemonía, universalidad. Diálogos contemporáneos en la izquierda, Ed. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2000.

9.- Edward W. Soja: Postmetróplis. Estudios críticos sobre las ciudades y las regiones,

Ed. Traficantes de sueños, Madrid, 2008.

10.- AGADEN, acrónimo de Asociación Gaditana para la Defensa y Estudio de la Naturaleza, es un colectivo ecologista pionero en el Estado español, creado en 1976. En sus más de treinta años de trayectoria, esta asociación ha estado relacionada con las luchas ecologistas más emblemáticas que se han llevado a cabo en la provincia de Cádiz, desde las movilizaciones contra el trasvase Guadiaro-Majaceite (un trasvase entre dos cuencas vecinas que se ha demostrado que no sirve para nada) a las protestas por la instalación en aguas del Estrecho de un cable de alta tensión de 400.000 voltios para el transporte de energía eléctrica entre España y Marruecos, pasando por las movilizaciones contra el complejo deportivo y turístico de Montenmedio (“donde algo, aunque sea poco, se ha conseguido”). En la actualidad, el principal ámbito de actuación de Agaden es la Bahía de Algeciras y la comarca del Campo de Gibraltar, un espacio singular que concentra en pocos kilómetros el puerto de Algeciras (uno de los más importantes del mundo, tanto por el volumen de mercancías que mueve como por su tráfico de pasajeros), un complejo industrial (refinerías, centrales térmicas…) sumamente contaminante, varias localidades densamente pobladas (Algeciras, La Línea, San Roque y Los Barrios) y una península de 6 km de largo y 1,2 km de ancho -Gibraltar- que pertenece al Reino Unido y que tiene su propio puerto (al que a veces llegan submarinos nucleares). Junto al área metropolitana de Huelva, la Bahía de Algeciras tiene el mayor índice de mortalidad por cáncer en España, algo que a juicio de Agaden demuestra que las agresiones medioambientales que sufre este territorio también afectan a las personas que viven en él.

11.- Crisis ambiental y de salud en la bahía de Algeciras/bahía de Gibraltar. Demandas y propuestas para el Foro de Diálogo Tripartito, Junio, 2009.

12.- Saskia Sassen: ¿Perdiendo el control? La soberanía en la era de la globalización,

Ed. Bellaterra, Barcelona, 2001.

13.- Javier Mohedano: Sobre el Estrecho de Gibraltar, Ed. CAAC, Sevilla, 2006.

14.- Ulrich Beck: La mirada cosmopolita o la guerra es la paz, Ed. Paidos, Barcelona, 2005.

15.- Giorgio Agamben: Medios sin fin. Notas sobre la política, Ed. Pre-textos, Valencia, 2001.

16.- Hanna Arendt: Los orígenes del totalitarismo, Ed. Alianza, Madrid, 2002.

17.- Ulrich Beck: “¿Qué hay detrás de los ‘sin papeles’?”, El País, Lunes 4 de Enero de 2010.

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Una respuesta a PA(I)SAJE DEL RETROPROGRESO

  1. Necesario cambio de mentalidad (de valores), que nos permita asumir -tanto a nivel individual como colectivo- que la naturaleza no está a nuestro servicio (no es de nuestra propiedad) y que hay límites biofísicos que no debemos sortear

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