LO REAL. ISRAEL GALVÁN

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Bastantes minutos después de que el último proyecto escénico de Israel Galván -“Lo real/Le Réel/The Real”- finalizara su representación, mi mente y mi cuerpo seguían afectadas por la conmoción, la emoción y, sobre todo, por la zozobra que me habían causado las dos horas de continuos estímulos estéticos y poéticos que se desplegaron sobre el escenario del Teatro Real de Madrid, gracias al arte de Israel Galván, Isabel Bayón, Belén Maya, Tomás de Perrate, grupo Sistema Tango, David Lagos, Chicuelo, Juan M. Jiménez, Alejandro Rojas Marcos, Antonio Moreno, Eloisa Cantón, Emilio Caracafé, Bobote y la Uchi. También se podrían nombrar en orden inverso, empezando por la Uchi para terminar con Israel. Porque cuentan que los primeros días de estreno, cuando los abonados- acostumbrados al onanismo musical – ocupan sus asientos propietarios, los abucheos contra la obra y los primeros gritos de ¡Viva España¡ se produjeron, en el enésimo alarde de racismo y clasismo, cuando la Uchi, un cuerpo popular encarnado en una gitana racial, entonaba un cante de Mariana Cornejo en homenaje a las tradicionales vendedoras ambulantes. A este elenco coral se suman también dos figuras claves en la trayectoria de Israel, Txiki Berraondo, Directora de escena y Pedro G.Romero, que ejerce desde hace tiempo como mentor y compañero de viajes intelectuales de Israel.

Porque más allá del genio personal de Israel, en el escenario se produce una comunión artística. En cierto sentido, como espejo de cierta religiosidad excéntrica, se oficia una ceremonia creativa al servicio de un relato hecho de capas narrativas superpuestas para contar, sin concesiones a espectadores acríticos, críticos complacientes o dramaturgias convencionales con pricipio y fin, una historia fragmentada y desgarrada sobre el genocidio gitano. En un pliegue temporal desconcertante, el espectáculo nos traslada a aquellos tiempos en los que Europa fue atrapada por el miedo y el terror de los nazis, los fascistas o los franquistas. Cada capa de las historias que se narran es, a su vez, también una pregunta que, guiada por el dedo acusador de Belén Maya, se clava en nuestra memoria para recordarnos que los cuervos negros nos asaltan desde hace tiempo. Cuando el ejército de las convenciones artísticas -la peor dictadura cultural- agrede como lo está haciendo a esta obra de Israel, se pone de manifiesto que el peor enemigo de la cultura es la propia cultura, cuando se hace normativa. Al fin y al cabo, la cultura no es más que una forma de orden que nos hace como somos, nos encarcela en rituales que nos impiden liberarnos de prejuicios y nos atrapan en las convenciones sociales.

No hay nada más patético que la autocomplacencia antintelectual, el insulto a lo extraño, a lo extemporáneo. En fin, la crítica fácil a cualquier intento radicalemente contemporáneo, es la demostración de que muchos prebostes hegemónicos del mundo de la cultura viven plácidamente atrapados en un pensamiento acomodado de gustos manidos. Cualquier quiebro sobre sus verdades y obviedades la sienten como una agresión snobista, pretenciosa o petulante del agitado círculo hagiográfico y palabrero que rodea a Galván, según Roger Salas: inefable critico de danza de El País, periódico paladín del orden y el buen gusto reglamentado, incapaz de dedicarle una sola página a nada que no pase por los cánones y los circuitos establecidos. Claro que “Lo real” no es una obra plácida. Al contario, es imperfecta, inacabada y compleja. Se construye como una sucesión de capas de cebolla que se superponen irregularmente, pero firmes, añadiéndose una a otra sin pretender cerrar una forma uniforme.

Como el propio Israel repite, una y otra vez, no pretende ser “Holocausto: el musical”, más bien requiere del espectador una disposición crítica. Exige estar alerta a los chirridos y desajustes sonoros que, de la mano de una banda musical prodigiosa, nos recuerdan los quiebros macabros de la historia que muchas veces vuelve empeñada en recordarnos a los extraños compañeros de cama, judíos, homosexuales, testigos de Jehová, comunistas y gitanos que se describen en “Karawane”, el primer poema fonético dadaísta, escrito por Hugo Ball y que interpretó en el Cabaret Voltaire de Zúrich. “De los cadáveres crecen flores”, el verso del himno “Hitler in my heart”, que Antony and The Johnsons compusieron a ritmo de fandango, subraya una propuesta donde la música grabada o la interpretada en directo se suman a los cantes de Tomás de Perrate y David Lagos para dibujar el paisaje desolador en el que se mueven los intérpretes. Elena Delgado, una espectadora anónima que asistió el primer día de estreno y fue testigo directo de los abucheos y deserciones de señores bienpensantes, descibre así en Eskup sus sensaciones: “el problema no es de la obra “Lo Real”, sino del Teatro Real, un espacio monopolizado por prácticas culturales académicas y elitistas. Uno de los valores de la obra es pasar por encima de las expectativas normalizadas de un espectáculo flamenco, según las que, el bailaor debería haber encajado su actuación en los parámetros de un público que considera modernidad la representación de una ópera de Mozart con ropa deportiva. Durante muchos años nos hemos representado sin odio, hemos sido un ejemplo de perdón de pecados. Ahora nos damos cuenta que esa ingenua generosidad nos hace estar indefensos de nuevo ante los mismos pecadores. Necesitamos creadores que se arriesguen a dar forma a las tensiones sociales y políticas que vive este país y a recuperar memorias pérdidas”.

En cierto modo esto es lo que hace “Lo Real”, desencajar los resortes que sujetan las convenciones historicas, provocar agujeros por donde penetrar en la memoria olvidada de un pueblo sin nación, como el gitano, rescatar la dignidad de los “parias” y, sobre todo, de la mano de una creatividad displicente provocar las conciencias tranquilas y los espíritus amilanados de las mentes acomodadas. Reconozco que pertenezco, según el Roger Salas, a esa clan extraño de petulantes y arrogantes que nos gustan las propuestas artísticas “desajustadas” respecto a la norma y a lo que se puede prever en un escenario, aquellas que se empeñan en levantar los viejos polvos que oculta la alfombra de la realidad. Gracias a esa disposición para desplazar mi deseo hacia territorios creativos desconocidos he conseguido disfrutar de experiencias creativas inesperadas, sorpresas inauditas o estimulantes propuestas innovadoras. Me seducen las iniciativas anticanónicas, antihegemónicas y antirrealistas. En mi caso, además, a esa complicidad intelectual con lo extemporáneo se suma que un entusiasmo conceptual por esa “músicasonoridad” que surge de “los ruidos ocultos de la vida”. En definitiva, el último trabajo de Israel y su gente lo tenía casi todo para que entrara de lleno en el centro de mis preocupaciones estéticas, éticas y políticas.

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Una respuesta a LO REAL. ISRAEL GALVÁN

  1. Gracias! Es un placer leerte así de acertado, bien escrito y bien expresado. Lujo!

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