Horizontes del Arte en España. Plataforma de debate sobre el arte contemporáneo español y su proyección internacional.

El lunes 19  el martes 20 de Noviembre  se celebró en MNCARS de Madrid el primer encuentro de esta Plataforma.

Os dejo unas notas informales que utilicé en la mesa de trabajo sobre Cartografía del Arte español, donde participé:

“A principios de los años ochenta comenzaron a desarrollarse en España unas estructuras institucionales para la difusión del arte contemporáneo basadas en criterios ligados al boom global del mercado, y específicamente del mercado del arte.

Estas estructuras fueron legitimadas por un discurso de modernización que se planteó esencialmente al servicio de la promoción de la industria artística, en detrimento de otros posibles modelos de política cultural para los cuales el mercado no era necesariamente el entorno privilegiado o legítimo.

A la larga hemos podido observar que esas estructuras, uno de cuyos emblemas sería la feria de arte contemporáneo ARCO, han profundizado la sima entre el arte y la vida social, y han contribuido a crear un gueto autorreferencial, disociado de cualquier reflexión ética y política sobre el papel del arte y la cultura en un entorno social y cultural complejo. El fracaso del modelo se hace hoy aún más visible cuando se constata que determinadas políticas y estructuras concebidas en parte a modo de plataforma para el lanzamiento internacional de los artistas españoles, entendidos como producto de marca o industria nacional más (como en el cine o la moda), no acabaron de funcionar como tales, y estos artistas no han alcanzado esa deseada “normalización” en el mercado internacional. Un mercado que, en el ámbito nacional, nunca acabó de despegar, pudiendo afirmarse hoy que la realidad económica del arte en España está sos- tenida por las instituciones públicas (administraciones, museos y centros de arte, universidades) y sobrevive como un ámbito productivo caprichoso y pre- carizado, lo que contradice los objetivos implícitos de las políticas de fomento del mercado, orientadas a reforzar el papel de una sociedad civil casi siempre reducida a la imagen mistificada que el neoliberalismo nos ofrece de un entorno social libre de antagonismos, y cuyas principales o únicas fuerzas dinamizadoras serían las de la competencia”.

Este texto está extraído de la introducción del primer tomo de DESACUERDOS, un proyecto de investigación que inició su andadura el año 2002, ahora hace diez años,de la mano del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, cuando Manuel Borja era su Director, Arteleku, el centro de arte y cultura contemporánea de Donostia/San Sebastián, que yo mismo dirigía por entonces, la sección Artey pensamiento de la Universidad Internacional de Andalucía de la que todavía hoy formo parte, a las que poco después se sumó la Fundación Guerrero de Granada, y recientemente el Museo Reina Sofía. Durante estos diez años de trabajo colaborativo y en red se han publicado, siete números y, en la actualidad, se está preparando el octavo que abordará el papel de la crítica en el sistema del arte español. En fin, Desacuerdos fue y sigue siendo un espacio plural de reflexión y debate, cuyo objetivo es afrontar un diagnóstico crítico de la escena española…..un enunciado que coincide plenamente con los objetivos de estas mismas mesas de trabajo y, seguramente, con el posterior gran simposium que se organizará los próximos meses.  Estos días he aprovechado  para repasar los diferentes grupos de trabajo de análisis sobre laá políticas culturales en los que he participado, directa o indirectamente, y ahora mismo, reuerdo más de media docena, casi todos impulsados por responsables políticos de diferentes niveles de la administracíon: desde ayuntamientos hasta el gobierno central. Por mencionar, los dos últimos…..

El proyecto surgió de la voluntad política de erigir un modelo analítico de la realidad e historiográfico que desbordase el discurso académico, contribuyendo a sentar algunas bases de reconstrucción de una posible esfera pública cultural crítica. Buscábamos partir de una noción de esfera pública que desbordase las estrecheces de lo público estatalizado y/o mercantilizado, para abordar los espacios, las situa- ciones, las relaciones sociales que instituyen una democracia efectiva: la esfera pública como la “fábrica” que produce lo político. Y la función del arte en todo ello, entendido como práctica discursiva y producción cultural determinada por un contexto histórico y unas condiciones sociales, en una comprensión que rompa con las visiones idealistas.

Esta reflexiones abiertas hace más de  diez años por un amplio grupo de personas vinculadas a las instituciones promotoras de DESACUERDOS,así como números@ s investigadores y artistas que colaboraron en los primeros laboratorios que dieron forma a los primeros documentos, contrastan con el enunciado programático de la invitación que nos remiten las organizadores de estas mesas de trabajo. Ahora que el débil ecosistema que sustenta el entramado de la cultura y el arte institucional se desmorona, por obra y gracia del último acoso neoliberal al Estado del bienestar, la organización nos señala “literalmente” que: ” Superados los efectos paralizantes y disgregadores derivados de la actual situación de incertidumbre, esta plataforma pretende vislibilizar los logros y valores de las últimas décadas en el arte española”.

En fín, o es una errata en la redacción o, simplemente, partimos de análisis absolutamente antagónicos de la realidad.

Y esta es, desde mi punto de vista,  más allá de la internacionalizacion, la cuestíon central del debate actual sobre el futuro del arte en España. De que realidad hablamos,  que objetivos reales persigue este seminario, al servicio de que políticas culturales se pondrán las conclusiones. Porque tal vez partamos de diagnósticos ye intereses totalmente contradictorios. Hace unos meses, en unas jornadas sobre Innovación e Investigación en la cultura contemporánea, organizadas por la Universidad Pública de Navarra, compartí mesa con el Sr. Borja Baselga, Director de la Fundación Cultural Banco Santander, patrocinador y promotor principal de estas jornadas de trabajo. Tras mi intervención matinal que se basó en una relectura de mi texto “La burbuja cultural.  Ecología, Educación y Cultura, un nuevo trinomio social” el primer documento fundacional que después generó el programa cultural de la candidatura ganadora de Donostia/San Sebastián a Capital Europa de la Cultura 2016, expuso sus argumentos el Sr. Baselga y en aquella intervención proponía un modelo híbrido para la financiación de la cultura, argumentado que la iniciativa privada y la capacidad emprendedora y filantrópica de lo que reconocía como sociedad civil – a la imagen y semejanza del modelo americano, cuyo entramado de fundaciones elogió – vendría a complementar y corregir los abusos del estado cultural, cuyo efectos perniciosos se manifestaban en un mapa desproporcionado y mal gestionado de museos y centros de arte en España. A esta situación la denominaba también “burbuja cultura”. En la mesa redonda que, posteriormente, compartimos le comenté que me quedé sorprendido cuando inició su intervención desde el mismo concepto de burbuja, pero que la radical y substancial diferencia estaba en que mi análisis estaba basado en una crítica al principio de acumulación capitalista -que en su momento tan brillantemente analizó Carlos Marx – causante de la explosión inmobiliaria, alguno de cuyos hijos más vistosos eran ciertos museos, centros de arte, ciudades de la luz y la cultura, sin arte, luz, ni cultura. Su análisis hacía caso omiso de esa circunstancia – como si el poder financiero, la banca y sus principales accionistas no tuvieran nada que ver con ese gran desastre que atenaza con la extensión de la pobreza a amplias capas de la sociedad- para culpar de los excesos, el despilfarro y la mala gestión  al estado cultural.

Ahora parece, que las Fundaciones privadas, muchas de ellas vinculadas a entidades bancarias, empresa de seguros-estas últimas, por cierto, uno de los nichos de negocio que más está creciendo, gracias al miedo al futuro que se se está instalando en las clases medias-   etc..vienen a rescatarnos del Mal

Estado para iluminarnos la salida hacia un nuevo camino que permitirá restaurar el valor del arte y la cultura. He aquí la gran pregunta, ¿ a qué arte y qué cultura se refieren estos salvadores? ¿desde dónde hablamos? ¿Qué significado tienen las palabras, más allá de la retórica vacía de contenido? Parafraseando a Elias Canetti antes habría que recuperar la conciencia de las palabras, ahondar en ellas en busca de su responsabilidad, porque los hombres se hablan unos con otros (Karl Kraus), pero no se entienden. En la página web del Banco Santander se puede leer que desarrollan programas sostenibles que ayuden a crear una sociedad más justa, equitativa y sostenible. Pero no hay más que leer los periódicos -incluso los que más fielmente sirven a sus intereses- para darse cuenta que al  mismo tiempo gracias a sus políticas ecnómicas, una vez más, se genera una nueva recapitalización bancaria con recursos del estado -de todos los ciudadanos- la reabsorción de todos los excedentes inmobilarios, cuyo máximo exponente es la persecución de los más desvalidos aprovechándose de una lamentable ley de desahucios, el mantenimiento interesado del valor de suelo y la vivienda de un forma totalmente artificial para hacer que no baje su precio, la usurpación y privatización del espacio público etc..

En fin, esta es la situación, parece ser que todo indica que, si queremos seguir trabajando, nos tenemos que dejar seducir por estos cantos de sirena que provienen de los mismos monstruos que nos están desmantelando la sociedad del bienestar y, en consecuencia, el ecosistema cultural financiado por recursos públicos. Y en lugar de levantarnos a exigir el derecho a la cultura, aceptamos sin rechistar los hechos consumados. Yo pertenezco a una generación de gestores culturales para los que abrír una guardería, inaugurar una casa de cultura o centro cívico, celebrar la apertura de nuevos museos y centros de arte, era un logro democrático que se consiguió con la perseverancia de muchas luchas. Pertenezco a cierta tradición profesional que siempre ha creído que en las sociedades democráticas, la administración pública que las gestiona, igual que hace con los derechos sociales en educación, sanidad y otras prestaciones, también tiene el compromiso de procurar atención y comprensión a la cultura, entendida como elemento integrador y cohesionador, y al arte, como motor de la singularidad radical transformadora.  Esta tradición se inscribe dentro de una noción ilustrada emancipadora que, de la mano de la mejor tradición feminista, posibilite el incremento de las competencias políticas, sociales y culturales de todas las ciudadanas y ciudadanos.

Porque, en definitiva, la vitalidad democrática de una sociedad depende de nuestra cultura política, de nuestra capacidad de discernimiento, imaginación, opinión, crítica y decisión. Y estas, se reafirman más cuando tenemos acceso a la educación y al conocimiento que viene de la mano de la cultura y se transforman cuando las formas artísticas mas comprometidas con su tiempo activan su potencia estética y política.

Es justo a partir de esta afirmación cuando la eterna pregunta sobre el sentido de la cultura, planteada a la luz y a las sombras de los efectos de la crisis, adquiere de nuevo relevancia. En estos momentos de recesión económica, casi todo el mundo da por hecho que el gasto público en arte y cultura son prescindibles porque son un lujo y, por tanto, no son tan esenciales para la vida como otras necesidades, aunque paradójicamente, contra esa opinión,  la cultura, digamos, sea el elemento vertebrador más importante de nuestra vida social.

Ahora bien, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de forma específica de arte y cultura de interés social, cómo discernimos y, por tanto, discriminamos las prácticas que puedan ser tratadas y consideradas como excepción protegida?

¿ A qué nos referimos cuando hablamos de forma genérica de arte y cultura? ¿Tal vez a ARCO, u otro tipo de eventos vinculados al mercado, que durante las décadas prodigiosas del despilfarro, de la mano de un galerismo complaciente y sus cómplices públicos y privados sin el más mínimo atisbo de autocrítica, fue el escenario por donde pasearon los mismos especuladores financieros que causaron todo este desolador paisaje de ruina que, como siempre, está afectando mucho más a los actores sociales creativos más débiles, a las pequeñas infraestructuras populares, a los proyectos emergentes antihegemónicos? En fin, a los que siempre recibieron menos de las arcas públicos, que lamentablemente en demasiadas ocasiones se entretuvo repartiendo recursos donde menos necesidad había.

¿Cuándo hablamos de cultura nos referimos acaso a la Bienal de arte contemporáneo de Sevilla, endeudada hasta las cejas, y otros eventos similares que han proliferado a lo largo y ancho de España?

¿Os tal vez a Almodóvar, cuyo objetivo fundamantal es recorrer cuantas más veces mejor la alfombra roja de Holywood, o a sus compañeros de viaje de la SGAE que han convertido una parte importante de la industria cultural, de la mano del copyright y otras argucias institucionales, en la excusa perfecta para privatizar gran parte del conocimiento y experiencias artísticas que fueron, en numerosas ocasiones, financiadas también con recursos públicos?

Bueno, tal vez nos referimos también a esa cultura espectacular, también al servicio de la industria y el mercado, que se pasea por los numerosos festivales de música que pueblan m , mejor dicho poblaban, las innumerables noches en blanco, negro o azul de nuestras ciudades y que nos garantiza un ocio permanentemente amnésico o tal vez las mil fiestas populares que, gracias a las arcas municipales, acogen a los triunfitos de turno que, después pueden descansar en sus mansiones de las miamis correspondientes.

No tengo duda compañe@s de que el arte y la cultura necesita apoyo público, pero tampoco tengo duda de que si no hay para todos, tendremos que empezar por aclarar qué entendemos por cultura y, sobre todo, cuál es su sentido social para que de ese modo podamos exigir, sin vergüenza, que el Estado se implica de verdad en el apoyo al arte y la cultura. Creo que hay mucho trabajo por hacer para que nuestro sistema cultural sea capaz de discernir lo necesario de lo supérfluo, la cultura que afecta al desarrollo del conocimiento más implicado con la transformación social y no tanto la que alimenta el ocio complaciente con la cultura normativizadora, o las estrategias mercantiles de los intereses privados. Necesitamos inversiones que sujeten el entramado de museos y patrimonios construidos desde la investigación consecuente y que ahora se ahogan en la escasez, cuando otras instituciones públicas, privadas y fundaciones se han dedicado a almacenar cachivaches innecesarios, siguiendo el consejo envenenado del caprichoso mercado, la crítica a su servicio y la moda efímera. Hace falta, sin duda, una política de protección de la red de equipamientos sociales, más cercana a la ciudadanía – bibliotecas, casas de cultura, centros sociales-; el sistema educativo que afecta a la formación cultural y artística, desde la escuela infantil hasta los estudios superiores, a las escuelas y centros de formación profesional, conservatorios, escuelas de música, teatro, artes y oficios; necesitamos que se incentive la producción de patrimonio, entendido como una inversión en conocimiento y no como especulación, lujo o derroche social;

Ahora parece que todo ese sueño se desmorona. En fin, yo no me resigno y por lo menos quiero dar testimonio de mi desesperación y desengaño.

En ese mismo número uno de Desacuerdos, en una entrevista que Jesús Carrillo le hace a Cateherine David, esta comenta que en los noventa se produce el agravamiento de una cultura espectacular, mediática, que supone el abandono de cualquier tipo de política cultural que tenga que ver con la producción y transmisión de la complejidad social, y con la toma de conciencia crítica de los fallos y faltas de dicha sociedad. Se produce una dimisión generalizada de todo tipo de compromiso cultural, un compromiso que es siempre un compromiso político, ya que es fundamentalmente político para los agentes culturales como nosotros el decidir con quién trabajamos, cómo lo hacemos y con qué fines. La gente se confunde cuando piensa que lo político en el arte es únicamente una estetización de los síntomas de los males de la sociedad y de los conflictos que la articulan. Nada más equivocado.Tras los noventa, continúa David, lo que queda bien claro es que si, de un lado, hay todo un sector del mundo del arte que se alinea con esa espectacularidad, homogeneidad y evanescencia de la cultura dominante, existen aparte otras prácticas, las que a mi parecer tienen más futuro, que son las que tienen que ver con procesos de larga duración y con espacios muy heterogéneos. La cuestión es cómo asegurar la existencia de estas prácticas en términos de producción, en términos de información, de presentación y de encuentro con públicos diversos.

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