LA FURIA DE LAS IMÁGENES

Este año se ha celebrado la edición número sesenta y cinco del Zinemaldi (Festival Internacional de Cine de San Sebastián). A pesar de que ha llegado a su año jubilar, parece que su salud no se resiente, al contrario es probable que pueda llegar a centenario, como sus vecinos de Venecia y Cannes que ya se acercan al siglo de existencia.

En la medida que estos grandes eventos son también potentes maquinarias culturales suelen estar financiados con importantes recursos públicos. Aunque con la crisis –eufemismo que se utiliza para camuflar la desintegración del estado del bienestar- han padecido una reducción importante de esas ayudas, los festivales siguen cumpliendo una destacada función social en el marco de las políticas de apoyo público a la cultura, entendida como derecho. Para compensar esos desajustes también han tenido que recurrir al patrimonio privado que, debido a la alta rentabilidad mediática de este tipo de eventos, han acudido en su ayuda sin dilación.

Tal vez sea en estos grandes festivales de cine –también los musicales, ferias de arte o del libro- donde el frágil equilibrio entre iniciativa pública y privada se manifiesta con todas sus consecuencias, tanto en lo que tiene de positivo como en sus flagrantes contradicciones. En estas grandes citas populares y encuentros de especialistas, las clásicas dicotomías conceptuales de las que tanto se habla entre los profesionales de la cultura – calidad o cantidad, minorías frente a mayorías, especialistas o aficionados, ensayo y experimentación contra espectáculo y banalización o arte contra industria- adquieren rango de aporía, entendida como razonamiento donde surgen paradojas irresolubles. Como ejemplo, ahí están para demostrarlo, tanto José Luis Rebordinos, director de Zinemaldi, que en un alarde de malabarismo y equilibrio profesional admirables trata de compaginarlas, como Agnès Varda, una de los tres premios de honor Donostia de este año, demostrando que se puede formar parte del sistema sin tener que plegarse del todo a sus reglas de juego y sin supeditar su independencia creativa a las necesidades comerciales de la industria. Cuando recogió la Concha de honor, esta mujer franco-belga, pionera directora feminista y activa representante del cine más realista y social, comentó que, tras leer la lista histórica de todas las premiadas y afamados galardonados, se percató de que ella había sido la primera marginal que lo había recibido.

Desde sus orígenes los grandes festivales siguen más o menos fieles a sus objetivos. En apariencia, como si en estas diez décadas de historia del cine no hubiera ocurrido nada, poco ha cambiado en sus organizaciones: concursos, retrospectivas, ciclos temáticos, jurados de expertos, premios, reconocimientos de honor, alta concentración de medios de comunicación, propaganda, estrellas de cine paseando por alfombras y posando con sus mejores galas, promoción industrial, largas colas de asistentes para formar parte del ceremonial iniciático, fiestas de sociedad etc..

Sin embargo, como señala Joan Fontcuberta en su último libro La furia de las imágenes. Notas sobre la postfotografía, la extraordinaria proliferación de nuevos mecanismos de producción y distribución de imágenes cada vez más sofisticados y accesibles ha provocado una transformación substancial del orden visual tradicional. No hay duda de que vivimos inmersos en un mundo abarrotado de imágenes, pero nos dejamos atravesar por ellas sin demasiada capacidad de discernimiento e inteligibilidad porque el exceso inabarcable nos limite las posibilidades de atención, como el resplandor de un fuego que quema. Remedios Zafra, reciente premio Anagrama de ensayo, cuando se refiere a ese excedente de imágenes, habla de “la censura del exceso”.

 Además, esa multiplicación exponencial traduce, de forma intencionada, la lógica de la exuberancia capitalista que, desde una perspectiva política, hace aparecer sobre todo determinado imaginario visual. En consecuencia, se produce la desaparición de todo aquello que nos es velado. Jean-Luc Godard dijo en alguna ocasión que creemos poder verlo todo, pero en realidad se invisibilizan miles de cosas. En medio de su aparente abundancia, paradójicamente, se produce la substracción de otras tantas.

Las imágenes, más allá de su estricta formalidad y su capacidad de representación, articulan nuestro pensamiento, construyen el subconsciente y determinan las maneras de “mirar” el mundo y, por tanto, las formas políticas para poder actuar en él. Como dice G. Didi-Huberman las imágenes toman posición y pensamos mediante ellas. Son espacios en conflicto que nos permiten interrupciones del saber; la imagen reclama lo sensible –continúa en Leer, una y otra vez, lo que nunca ha estado escrito, publicado en el número 264 de la Revista Antrophospero lo sensible implica el cuerpo, el cuerpo se agita con los gestos, los gestos vehiculan emociones, las emociones son inseparables del inconsciente, y el inconsciente implica poner en sí mismo un nudo de tiempos psíquicos, de manera que una sola imagen puede poner en juego o en cuestión todo el modelado del tiempo y de la historia misma, incluso de la historia política, “peinar la realidad a contrapelo” dijo su maestro Walter Benjamin refiriéndose a la función del arte.

En este sentido, más allá de las convenciones comerciales y los imaginarios dominantes de la industria, el arte también tiene herramientas para producir otros significados o para cuestionar los relatos normativizadores. Bertold Brecht proponía una pedagogía que se valiera de la paradoja para hacer hablar a las imágenes desde un ejercicio de extrañeza, de desplazamiento de sentido. Su maestro Karl Kraus hablaba de una pedagogía capaz de hacer aprender a ver abismos allí donde sólo hay lugares comunes.

Por tanto, una de las obligaciones de la cultura pública, entendida como derecho, y sus instituciones sería promover y difundir los materiales que se substraen a la lógica capitalista y a la fascinación del marketing. Las listas de éxitos, los bestselers o los hitparades, por si mismos, ya tienen sus propios mecanismos de promoción, sin necesidad de que las administraciones públicas contribuyan más a su desarrollo. La citada A. Vardà decía que, aun teniendo una vitrina llena de premios, pasaba muchas dificultades para encontrar financiación para sus proyectos porque seguramente se empeñaba en hacer un cine libre.

Creo que estas lógicas antagónicas pueden resolverse de forma justa siempre y cuando las instituciones públicas sepan con claridad cuáles son sus objetivos y prioridades porque no parece que, en la actual situación económica, sirva el café para todos. Tan solo es necesario que el sistema cultural permita la existencia de propuestas como las de Eric Baudelaire, que presenta Also Known as Jihadi y The Secession Sessions en una excelente y compleja exposición de Tabakalera, el Centro de Cultura de Cultura Contemporánea de Donostia/San Sebastián, junto a las de Denis Villeneuve que de la mano de Harison Ford, Ryan Gosling y Anna de Armas se pasean promocionado a bomba y platillo el Blade Runner 2049.

Pero me temo que las instituciones y creadores que trabajan en la emergencia de imaginarios que no se supeditan a las lógicas de mercado tienen todas las de perder. Lamentablemente, la tendencia dominante -parece irreversible- es que las instituciones dejen de apoyar esa concepción “excepcional” de la creación para, como en otros sectores, ponerse a la entera disposición del orden económico, lo que conlleva la desactivación paulatina o marginalización de las formas creativas más conflictivas, disruptivas o desafiantes.

Ya lo dijo el filósofo Jacques Ranciere en El espectador emancipado: la cuestión del espectador –por extensión las ciudadanos, como sujetos políticos que construyen la democracia- está en el centro del debate sobre las relaciones entre arte y política, porque, no lo debemos olvidar, la sumisión es la otra cara de la emancipación.

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BELTZURIA DE IXIAR ROZAS

Ixiar Rozas (Lasarte-Oria, 1972) escribe habitualmente en euskera. En su último libro, Beltzuria, editado primero en esa lengua por la editorial navarra Pamiela y ahora en castellano por la madrileña Enclave de Libros, dice que se dedica a buscar el rastro de palabras desaparecidas o a escudriñar aquellas que están a punto de hacerlo con el fin de devolverlas a la vida, utilizándolas de nuevo. En cierto modo –añade- como sucede cuando escribimos y “cazamos” o atrapamos las palabras en el campo de batalla del lenguaje.

Beltzuria es uno de esos vocablos polisémicos que, más allá de su significado literal negriblanco, remite al cielo encapotado con algún resquicio blanco, en el instante previo a la tormenta, o a la pena y la congoja que abate nuestro ánimo. También se refiere a las mujeres que las pasaban negras – canutas- en tiempos de guerra, a la vestimenta que utilizaban en los meses de duelo o a las historias oscuras de ayer y hoy que el recuerdo blanquea para poder seguir viviendo. Una de esas historias es la del personaje central del libro, Frantzisko Elizalde Zelaieta – alias Xamuio- nacido en 1899 en la borda Zamuio de Etxalar (Navarra).

La autora de este polifónico – ella misma nos invita a leer en voz alta algún de sus párrafos-  y polimórfico texto literario -es a la vez novela, biografía, autobiografía, ensayo o poesía – persigue la voz perdida de este personaje. Xamuio tuvo que ir a la guerra de Marruecos en 1921, seguramente, porque no tenía dinero suficiente para pagar a alguien que, como era habitual en otros casos de familias pudientes, ocupara su lugar (las guerras y la lucha de clases siempre han ido de la mano).Tras regresar de la batalla de Annual (aquel conflicto contra los rifeños obligó a redefinir toda la política colonial española) apenas hablaba de aquella experiencia. Se convirtió en un ser silencioso. El drama que vivió en aquel desastre y los recuerdos dolorosos que padeció años después, lo despojaron de un hablar sosegado. Es inevitable mencionar la cita que Rozas hace a Moroak gara behelaino artean? de Joseba Sarrionandia, editado en castellano como ¿Somos como moros en la niebla?, un ensayo sobre las discordancias históricas locales (confrontaciones hispano-marroquís o paralelismos culturales vasco-rifenos) y una reflexión crítica sobre el imperialismo que también nos permite entender mejor algunas genealogías de la escena política internacional actual. Seguir leyendo

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TURISMO Y RESPONSABILIDAD POLÍTICA

La historia de la civilización y la de los viajeros están relacionadas de forma intrínseca. Más allá de los efectos migratorios de las guerras y los desplazamientos por supervivencia, las peregrinaciones, las expediciones, los viajes científicos o profesionales fueron, y muchos de ellos siguen siendo, causa de importantes movilizaciones. Casi todos somos viajeros y de alguna manera turistas porque también disfrutamos de las fiestas, gastronomía, costumbres, excelencias culturales, parajes excepcionales o monumentos de los lugares que visitamos. Por lo tanto, nadie está exento de responsabilidad cuando en beneficio de un turismo más ecológico se proponen medidas que contribuyan a paliar los efectos negativos generados por el crecimiento ilimitado de la movilización global, entre los que debemos incluir los causados por la industria turística.

El cambio de paradigma en los modelos de movilidad se produce a finales del siglo XIX con el desarrollo de la Revolución industrial. La máquina de vapor, el transporte ferroviario y la aviación comercial se extienden con gran rapidez por toda Europa y Norteamérica. El progreso económico coincide con la  aparición de una burguesía que dispondrá de recursos, tiempo y “libertad” para viajar de forma “caprichosa”. Es el inicio del turismo para las clases más privilegiadas que, emulando a la aristocracia, se desplazarán a los balnearios, sanatorios y hoteles de montaña o costa.

A mediados del siglo pasado, tras la Segunda Guerra Mundial, aparecen las primeras agencias de viajes y asistimos a un importante auge del turismo popular europeo, extendiéndose esos “beneficios de clase” a otros segmentos sociales. Este boom del turismo, que ha ido creciendo hasta la actualidad, de momento termina con la incorporación de viajeros de China o los países del Golfo, cuyo enriquecimiento por el aumento del consumo del petróleo y el desarrollo industrial ha favorecido que una parte privilegiada de su población visita otros lugares del mundo.

Pero aunque parezca que el turismo se ha “naturalizado” y forma parte de la vida ordinaria de cualquier persona, nada está más lejos de la realidad. La inmensa mayoría sigue sin “derecho a vacaciones” y mucho menos posibilidad de viajar. Teniendo en cuenta que en 2014 se contabilizaron 1.133 millones de turistas y la población mundial ha sobrepasado los 7.000 millones, podemos decir que el turismo aún es una prerrogativa de determinadas clases sociales de ciertos países desarrollados. Seguir leyendo

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TURISMO DEPREDADOR

En un lado y otro, desde Barcelona a Madrid, pasando por Donostia/San Sebastián, Málaga o las Islas, saltan las alarmas por la deriva incontrolada que está adquiriendo la industria del turismo y los efectos colaterales que produce en la vida cotidiana de las personas. La preocupación se extiende a las instituciones culturales. Este verano en el  Es Baluard, Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Palma de Mallorca, uno de los primeros lugares de referencia del turismo de masas que comenzó a popularizarse en Europa tras la Segunda Guerra mundial, se presenta la exposición Ciudad de vacaciones. En el centro cultural KM de la capital de Gipuzkoa, la exposición Turismos. La transformación social y urbana producida por la masificación del viaje, muestra una serie de reflexiones sobre el turismo contemporáneo y su incidencia sobre los lugares que lo atraen. Ambas tienen sus antecedentes en aquella magnífica y precursora Tour-ismes. La derrota de la disensión que se presentó en el año 2004 en la Fundación Tapies de Barcelona, probablemente una de las ciudades que más caro está pagando los excesos y donde por primera vez hay un gobierno municipal consciente de lo que puede suponer morir de éxito.

Imagen dcha: “Ciudad Picasso” Rogelio López Cuenca

En aquella exposición se ponía en evidencia la utilización del arte como agente activador de la economía turística. No hay que ir muy lejos para comprobarlo. La mayoría de los visitantes habituales de nuestros museos son turistas. La utilización del arte como instrumento para “camuflar” procesos de gentrificación que benefician la especulación inmobilaria forma parte habitual del abecedario propagandístico de las políticas urbanísticas y de la economía española de los últimos decenios. Además algunos de sus  responsables son también miembros destacados de los patronatos de los museos más emblemáticos de nuestras ciudades o, en su defecto, financian algunos sus programas y actividades, haciendo coincidir su “generoso” desembarco en las instituciones con los paulatinos recortes públicos en cultura. Seguir leyendo

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100% OION. AFORTUNADA “ANOMALÍA” ARTÍSTICA

Hay ocasiones que sin querer te encuentras con inesperadas sorpresas creativas. Idoia Zabaleta, junto con Ixiar Rozas responsables de Azala ,espacio de creación y residencia de artistas de Lasierra, me envió hace unos días un correo en el que me contaba como se gestó 100% Oion.

En el enlace que me adjuntaba me pude conectar con el resultado: un excepcional, por su “extrañeza”, conjunto de piezas sonoras, poéticas y políticas pensadas por y para el pueblo de Oión (en Álava). Esta pequeña población es un lugar muy peculiar que está a 3 km de Logroño, pero por cuestiones de anacrónicas limitaciones, administrativamente pertenece a Euskadi. Tiene 3.000 habitantes de 23 nacionalidades de origen diferente, 25 % paro y muchísimos problemas de convivencia, derivados casi todos de la falta de trabajo. Dicen que los emigrantes van a quitarles el trabajo, que hay un efecto llamada, dicen que no quieren trabajar, que son machistas y bajan el nivel escolar, que colapsan los hospitales y que vienen a cobrar las ayudas especiales. Como me explica Idoia, este conjunto de piezas sonoras (que enlazan con la tradición, a la vez que con la experimentación sonora, que se enorgullece de las imperfecciones técnicas de las voces aficionadas, a la vez que persigue la calidad profesional, que de manera natural utiliza el castellano y el euskara y que se proclama “popular” sin ninguna vergüenza y sin embargo tiene una admirable “distinción” por su osadía desacomplejada) es resultado de un proyecto en el que ha estado trabajando mucha gente los dos últimos años con el objetivo de mejorar la convivencia, contra los estereotipos y los prejuicios racistas. Un complejo mecanismo creativo para generar procesos de participación inclusiva e intergeneracional, lúdico y humorístico, pero también dramático y realista. En la grabación han participado unas 100 personas del pueblo: la gazte asamblada (asamblea de jóvenes) mujeres árabes con sus niñas, Asima y sus tres hijos, los bertsolaris del pueblo, Eh Mertxe, la banda de rock del pueblo, los auroros y auroras, el coro (un coro de quejas), Manolo, Basilio, el apoyo de la familia de Bidehuts: K. Osinaga, Aida Torres, Mariano Hurtado, personas y más personas, todo con la inestimable colaboración de Maite Arroitajauregi – Mursego- una de esa artistas que se han construido así mismas con las mimbres de potencias poéticas y musicales inclasificables, notable excepción artística en un panorama donde la uniformidad impide distinguir la diferencia, capaz también de coordinar esta “anomalía” artística tan sorprendente.

Como explica José Durán en este texto de El Salto hace un par de años, la asociación de vecinos Bitartean Jolasean propuso una acción para mejorar la convivencia entre las comunidades de Oyón, que enfrentase los rumores y anulase los estereotipos que caen sobre la población foránea, oponiendo una dimensión crítica a los prejuicios racistas y que como añade Idoia Zabaleta, a la vez, ha desplazado las zonas de confort de las personas que han participado. Esa idea fue seleccionada por el programa Nuevos Comanditarios, una plataforma para desarrollar arte desde la sociedad civil promovida por la asociación Artehazia. “Tuvimos una mesa de mediación cada mes en el pueblo y desde allí surgió lo del disco. La idea era hacer algo sobre la convivencia en el pueblo. Y al final decidimos que íbamos a grabar un cd de música”, explica a El Salto Ilham Mounir, marroquí residente en Oyón desde hace cinco años. Ella es una de las mujeres musulmanas que ha intervenido activamente en este proyecto. En fin, un trabajo colaborativo que reclama a voces derechos sociales y culturales: que se firme el convenio del vino por parte de la patronal, una lavandería, una guardería, un hospital, un festival de música, un cine club con películas subtituladas pero con asientos cómodos, una pista de patinaje y una ludoteca, que se regalen pintalabios, plumas, brillantina, sombra de ojos, que se regale de todo… poesia, abeztiak eta euskera gehiago nahi dugu (quieren más poesía, canciones y euskera), quieren más cuidados, más vida y más implicación. Todo un programa de vida en común.

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POLÍTICA, BUROCRACIA Y GESTIÓN CULTURAL

En su célebre texto ¿Qué es la burocracia? Max Weber la definía como la organización eficiente por excelencia, llamada a resolver de forma racional los problemas del Estado, la sociedad y las empresas. Para este polifacético pensador alemán, estaba diseñada científicamente para funcionar con exactitud -ni más, ni menos- y lograr los fines para los cuales fue creada en beneficio del capitalismo moderno y en el avance de la democracia de masas. La burocracia en su justa y equilibrada medida sería el mejor sistema de garantías ciudadanas que nos permitiría depositar nuestra confianza en el estado democrático para que gestione nuestro patrimonio y los recursos públicos. En esta dirección se pueden entender también los recientes alegatos en defensa de una burocracia socialista que, de forma reiterada, viene proponiendo el polémico filósofo esloveno Slavoj Zizek, para hacer llegar la sanidad o la educación (cultura) a todos aquellos que en este último ciclo de acumulación capitalista han visto recortados sus derechos.

Fue a partir de la célebre novela El castillo de Franz Kafka cuando, tal vez, se popularizó la connotación negativa y mucho más extendida que tiene hoy en día este vocablo. A través de las páginas de su novela póstuma podemos comprender la lucha y la consiguiente alienación y frustración, aparentemente interminable, de su personaje K, desesperado por ser admitido por las autoridades del castillo que gobiernan el pueblo.

Entre el exceso paternalista y la carencia irresponsable, la burocracia y la administración del Estado -en sus diferentes niveles- se han ejercido con objetivos e intereses contrapuestos y en demasiadas ocasiones han olvidado la función principal por las que fueron creadas: servir a lxs ciudadanos para garantizar sus derechos, contribuir a que, facilitándoles los trámites, cumplan debidamente sus obligaciones y permitir el acceso democrático a todos los servicios públicos. Seguir leyendo

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